“La arrogancia de los nacionalismos separatistas”

Es inaceptable que existan comunidades de primera y de segunda porque no solo rompe el principio de igualdad sino que es una ignominia

Sánchez ha hecho muy bien convocando periódicamente a los presidentes de las comunidades autónomas y no se puede decir lo mismo que no lo haya hecho con el líder de la oposición. No lo hace todo bien, pero tampoco todo mal. España es un país de extremos donde a demasiada gente le gusta estar en una trinchera. Es lo que siempre me gusta recordar sobre el fútbol y esa pasión desmedida e irracional que caracteriza a los seguidores de un equipo.

Lo que les gusta es que pierda, mejor que se humille, al rival. Una catástrofe sanitaria, económica y social como la provocada por el covid-19 se tiene que afrontar buscando consensos y complicidades. Es verdad que es difícil y, desde luego, no es una historia de buenos y malos. No sé qué sucederá, pero sería bueno que el gobierno social-comunista huyera de la tentación de utilizar el partidismo en el reparto de los fondos necesarios para la recuperación. No es buena la constatación de esa arrogante bilateralidad que impone el PNV en su relaciones con el Gobierno y que la asistencia de Urkullu a la conferencia de presidentes en San Millán de la Cogolla se produjera tras pasar por caja.

Por su parte, Torra decidió no asistir aunque si no fuera porque representa, nos guste o no, a Cataluña estaría mejor que siga instalado en las guerras internas con ERC y en los líos que organiza Puigdemont para controlar JxCat. Es triste comprobar que centenares de miles de catalanes siguen votando al partido heredero de una corrupción masiva e institucionalizada. No es un movimiento político nuevo, sino la continuidad porque todos ellos estaban en CDC.

Es inaceptable que existan comunidades de primera y de segunda porque no solo rompe el principio de igualdad sino que es una ignominia. Me siento muy cómodo diciéndolo como catalán. Cataluña y el País Vasco ni pueden ni deben tener un trato de favor. La condición de nacionalidades históricas no tiene ningún sentido porque todas lo son. Nadie puede defender que lo sean más que Castilla, Aragón, Asturias, Canarias, Valencia, Baleares…

La tergiversación de la Historia de España ha sido algo habitual para sostener las reivindicaciones independentistas. En el caso de los territorios vascos o el condado de Barcelona es tal el despropósito que, una vez más, es un insulto a la inteligencia y carece de fundamento científico situándose en el terreno de la fabulación histórica.