Y seremos más ricos

No debemos tolerar que penetren en nuestros ánimos las teorías de agoreros y pesimistas que nos hunden con sus comentarios negativos y hasta deprimentes de una situación que está presente y que se estima peor aún en los próximos meses. Me refiero a la economía de España, que va de culo y contra el viento, y que, según expertos, a partir de enero se mostrará en su máximo esplendor miserable.

En pocas palabras que volveremos a situación de posguerra, un estado en que nuestro país se vio sumergido en el caos de las cartillas de racionamiento, hasta que un tipo con la cabeza mejor poblada de todas las que en aquel momento dirigían los destinos de este peculiar territorio se dio cuenta de que aquí había un tesoro sin explotar, una mina de oro de la que nadie se había percatado hasta el momento.

Esa cabeza inigualable tenía nombre propio: Manuel Fraga Iribarne, que sacó de la chistera el conejo del turismo ya que nadie hasta el momento había visto en nuestras islas, nuestras costas y nuestros parajes interiores la belleza que poseen y las posibilidades de mostrarlas al mundo para que todos ansiaran conocerlas, disfrutarlas y convertirlas en referente internacional de peregrinación como paraíso inigualable, y para muchos también lugar de descanso y vivienda fija en los años de jubilaciones y reposo de nórdicos, teutones, británicos y de quienes en sus países no gozan de las horas de sol y de luminosidad necesarias para que el ánimo esté siempre a punto, a la vez que el estómago esté bien recompensado con una gastronomía inigualable.

En una ocasión, en la Carihuela, un viejo pescador con una pierna de palo, reposaba su espalda contra una pared blanca, con el sol iluminando su pecho, con una colilla medio apagada en la comisura de la boca y cantando por lo bajini. Alguien le preguntó al pasar por delante “lo encuentro muy contento, amigo”, y su respuesta fue perfecta “¿cómo no voy a estar contento si llevo viviendo toda mi vida donde vienen a pasar su vejez los ingleses ricos? Esto es algo así como el cuento de Tolstoi de “El hombre que no tenía camisa”, que, como quizá ustedes recuerden, iba de un zar enfermo de tristeza que prometió la mitad de sus posesiones a quien le devolviera la salud. Un trovador le indicó que solo sanaría si encontraban a un hombre plenamente feliz y vestía su camisa. El hombre feliz apareció, sí, pero era tan humilde que no tenía camisa y el zar murió al no encontrar remedio para su alma enferma.

También Fraga urdió la estrategia de instalar hoteles sobrios con muy buenas cocinas y servicios en edificios singulares o históricos, y así nacieron los Paradores Nacionales, que no eran precisamente un prodigio de exquisita decoración, con aquellos muebles castellanos y remordimiento, pero que cumplían el objetivo para lo que habían sido ideados. Se llenaron a tope y también dejaron a tope las arcas del Estado, que era de lo que se trataba.

Hay gente esperanzada y hay gente que se entrega a la derrota. Uno de esos esperanzados, que además sí tiene camisa, y viñedos, y una base económica muy acomodada aseguraba en estos días pasados que saldremos fortalecidos de esta crisis que nos está dejando devastados. Es muy grave que el turismo está en punto muerto y los empresarios del sector están desesperados, acometiendo no ERTES sino ERES y con unas perspectivas bastante desoladoras. Pero lo que yo quiero oír en estos momentos vacacionales son frases de esperanza y alegría, para no entregarme a la tristeza. Las actitudes positivas ayudan y mucho. Pongámonos a ello.