Madrid, estrella maldita

Sánchez, que le dio a España a elegir entre Estado de Alarma o enfermedad, se fue a la playa y dejó a las comunidades cocerse en su propia salsa

En la imagen, un hombre recorre la acera del barrio confinado de Carabanchel. Este y todos los semáforos están en rojo. Los viejos carteles anuncian ofertas que ya no existen y conciertos que no se celebraron nunca. Como él, todos los madrileños son el «Hombre que camina I» de Alberto Giacometti. Giacometti concibió su escultura alrededor de la noche en la que vio a Isabel Lambert desaparecer a lo lejos sobre la acera de París y reflexionó sobre el instante en que el hombre comienza a disolverse, que es ese momento en el estamos ahora mismo, el paso exacto en el que a fuerza de perder partes de lo que somos, dejamos de ser quienes somos y desaparecemos.

El otoño que de quién depende ha entrado en la ciudad con su ejército de abrigos y de paraguas. El viernes rompió a llover en Madrid. Se empaparon los riders, brillaron las avenidas de asfalto de papel de plata sobre el que siseaban los autobuses y los rascacielos del norte se daban un aire misterioso e inalcanzable de montaña Virunga. La inclemencia del tiempo adquiere en Madrid un alcance definitivo de manera que la gente anuncia a nivel nacional que en Madrid está lloviendo -oh, cielos-, o que está nevando, o que graniza. Entonces, ya puede brillar en Santander un sol de moscas que si en Madrid llueve, llueve en toda España; si se confina Madrid, se confina España y si se muere Madrid, se muere España.

Llovía fuera cuando Isabel Díaz Ayuso se presentó en la rueda de prensa de la Comunidad con ese aire de dolorosa bíblica -A ti, Isabel, una espada te atravesará el corazón-. Echó a hablar con tono grave y, entonces, España aceptó el marco emocional de la tragedia capitalina. Si las 37 áreas básicas confinadas las cuenta Fernando Simón con el mando único, la almendrita y el dedo en la nariz, todo son vídeos de recetas de cupcakes, pero si se presentan en Madrid, se viene la ciudad-necrópolis, el desfile de caballos negros con penachos de negras plumas y la retransmisión de la entrega de reales despachos de los negros del ataúd. Carmen Calvo dijo que había una línea entre Wuhan, Pekín, Madrid y Nueva York, y hay otra entre el Madrid-rompeolas-de-todas-las-españas que escribió Machado y las cositas de Rafael Simancas cuando dijo que si no existiera Madrid, habría menos contagios. Cantaban los Mártires del Compás que «si España fuera un donut, Madrid no existiría, Albacete tendría una playa y tú estarías a la verita mía».

Digo que hablaba Ayuso bajo la estrella de Madrid ya maldita. Se cumplía el augurio de que la responsabilidad de la pandemia se iba a cargar sobre el partido de la oposición. Se destapaban así las tácticas políticas del gran juego de la culpa, que ha sido el meollo político de este tiempo, y que ha llevado a la clase política a sus mayores contradicciones. Así, la Comunidad de Madrid que clamaba contra el mando único y la intervención de Moncloa en los asuntos sanitarios, terminó pidiendo la ayuda de Sánchez. Sánchez, que le dio a España a elegir entre Estado de Alarma o enfermedad, un buen día se fue a la playa y dejó a las comunidades cocerse en su propia salsa. Se entenderá mucho mejor el viaje «pédrico» mañana lunes -oh, padre de todos los lunes-, cuando el presidente regrese a la Puerta del Sol y se haga la foto de un nuevo tiempo de entendimiento que seguro será beneficioso, pero al que se llega una vez cumplido el objetivo estratégico de demostrar a cualquier precio que sin él, las cosas no funcionan.