¿No nos estaremos pasando...?

Es paradójico que una sociedad que se proclama libre se deje amilanar por minorías fundamentalistas que nos imponen su estrecho modo de pensar

Hace cosa de cincuenta años, si no más, en aquel tiempo dorado en que los jóvenes impecunes nos movíamos por Europa en auto stop, recibí en casa a un amigo sueco, Elvin Johansson, que había venido a conocer España y a practicar el idioma.

Elvin era un hombre andariego e inquieto y sin embargo se pasaba las horas ante el televisor en blanco y negro viendo programas como Escala en Hi-Fi, Cesta y Puntos o Un dos tres.

-¿Cómo es posible que te guste nuestra deplorable tele? -le pregunté.

-A mí me parece estupenda -respondió-. Ya quisiéramos tener en Suecia programas como La Clave o Paisaje con figuras. Allí tenemos un programa para los inadaptados sociales, otro para los emigrantes, otro para los expresidiarios, otro para los indigentes, otro para los homosexuales encubiertos (todavía no se conocía lo de salir del armario)… prácticamente no queda espacio para la gente normal y corriente. Por eso me gusta vuestra tele, todo tan natural.

Lo que entonces pensé que era una anomalía sueca nos ha alcanzado a todos fatalmente. No es solo esa propensión a la tontería y a la gilipollez que se ha instalado en la clase política española con su anhelo paleto de ser más modernos y más buenistas que nadie. Primero fue lo de gastar un pastizal en que el tipo con sombrero de los semáforos compartiera espacio con una tipa con falda para dar visibilidad a la mujer y a dos ciudadanos cogidos de la mano, para dar visibilidad a los homosexuales y a dos ciudadanas idem para dar visibilidad a las lesbianas. Luego vinieron las presiones para suprimir el vocablo «gitano» de las páginas de sucesos a fin de evitar la visibilidad negativa de una minoría étnica. Luego lo de llamar subsaharianos a los negros (¿para cuándo suprasaharianos a los blancos?) y «fallecidos» a los «muertos».

Por ese camino, dando tumbos entre el buenismo y la estupidez, hemos llegado al colmo de pagarle un estupendo salario a la diputada Marta Rosique, la mujer-anuncio que luce en el congreso camisetas a favor de Top Manta y otras ilegalidades, para que, con la que está cayendo entre el virus y la ruina de tantas familias españolas, interpele al gobierno para preguntarle qué va a hacer para acabar con la violencia policial en Estados Unidos donde se tolera que un policía asfixie un negro, perdón, afroamericano, con una llave de judo. Está claro que debemos declarar el boicot comercial a Estados Unidos u ocupar la Casa Blanca con la Legión para obligar a Trump a sofrenar a su policía abusona y criminal.

Ahora nos llega la noticia de que Hollywood ha tenido la ocurrencia de abordar «el mayor desafío de nuestra historia para crear una comunidad más igualitaria e inclusiva». Se trata de dar mayor visibilidad a las minorías (un protagonista que no sea blanco; y una cuota del 30% del reparto como mínimo deben ser personajes secundarios mujeres, minorías, LGBT o discapacitados. Dicho en román paladino, a partir de ahora Hollywood pretende retratar a la sociedad como debe ser y no como es para, de este modo, ir educándonos en la aceptación de las minorías. Me lo venía barruntando porque últimamente, no sé si ustedes lo han notado, casi todos los jueces –profesión de prestigio– de las series americanas son negros y cuando el argumento requiere un ingeniero informático con avanzadísimos conocimientos casi siempre es negro.

La idea es buena, o mejor, buenista, y esta muy en consonancia con el fondo puritano de la sociedad americana que se precia de descender de los peregrinos del Mayflower que en 1620 emigraron a América con el deseo de establecer una colonia que viviera de acuerdo con sus estrictas normas morales. Con esto regresamos al código Hays, vigente entre de 1934 y 1967, que prohibía el contoneo y la exhibición del ombligo y obligaba a que los actores mantuvieran los dos pies sobre el suelo en las escenas de cama.

Aquel código incidía en la moral sexual y el actual va a incidir en la moral social, pero en esencia vienen a ser lo mismo: censura a la creación, límites a la libertad del artista e imposición de unos esquemas que sin duda van a redundar en la calidad de lo que veamos.

Es paradójico que una sociedad que se proclama libre se deje amilanar por minorías fundamentalistas que nos imponen su estrecho modo de pensar.