Sánchez vuelve a dejar solo al Rey

El diputado que insultó al jefe del Estado de la manera más zafia que se haya oído en sede parlamentaria es el mismo con el que el Gobierno negocia los Presupuestos Generales. Esa es la anomalía, el verdadero peligro. Posiblemente, sabedor de esta dependencia tóxica, Gabriel Rufián vinculó al Rey con un partido político –Vox, en concreto– y con Franco, cómo no. Eran dos mentiras que ofreció como un aventajado alumno del nacionalpopulismo que campa por Europa, incluida Cataluña: envenenar a la opinión pública y expandir el odio. El insulto tenía el doble objetivo de servir a sus electores un producto de la factoría política más corrosiva y totalitaria, que consumen con agrado desde hace diez años empaquetado en el «procés», y luego situar al Gobierno en el compromiso de mirar para otro lado mientras se va ahondando la brecha entre La Zarzuela y La Moncloa. La desestabilización del «régimen del 78» guía a los socios de la coalición de Gobierno. Difícil de explicar en la Unión Europea y nefasto para nuestra recuperación económica, que, siendo España el país con más muertos y casos de contagio de la UE y sin presupuestos aprobados, el Gobierno permita que en el Congreso tengan lugar sesiones como la de ayer. Es inconcebible que el presidente no hubiese replicado a Rufián, pero hay que entender que Sánchez es el máximo responsable de que al Rey se lo haya puesto en la diana de Pablo Iglesias y sus aliados independentistas. Ese es el juego que se abrió desde que accedió al Gobierno con esos apoyos y era previsible que se llegara a esta situación, pero no de una manera tan frontal y descarnada como los ataques que se están sucediendo contra el Rey, tan de calado político como prohibir que fuese a Barcelona en ejercicio de su condición de jefe de Estado para complacer a los independentistas –no se olvide: con quienes negocia los presupuestos–, o como lo sucedido ayer en el Congreso, con el patético matonismo del portavoz de ERC. Basta ver las imágenes de la sesión de control y el comportamiento de Sánchez, inmutable, hasta complacido, como si no fuera con él los insultos vertidos por sus socios independentistas contra el Rey.

La semilla está puesta y, de no ser que el Gobierno corte con esta operación de acoso y derribo del actual régimen constitucional nos puede deparar escenarios de los que nos podemos arrepentir, precisamente en un momento en el que España entra, de nuevo, en una recesión económica En este sentido, basta ver la vergonzosa comprensión que la presidenta de la Cámara, Meritxel Batet, tuvo hacia Rufián, mientras negó la palabra a la oposición, a la que amonestó, y defendió la libertad de expresión para poder insultar a una institución del Estado, sin ni siquiera tener en cuenta el artículo 103.1 del reglamento del Congreso. Sánchez está llevando al límite al relación del Gobierno con la Corona sin medir las consecuencias.