La utilidad de la moción

La ineludible cuota teatral que tiene la política está de sobra cubierta con las estériles sesiones de control al Gobierno que se celebran los miércoles

España ha entrado en el décimo mes consecutivo de pandemia (se incluye febrero, aunque las autoridades se negaran entonces a asumir la realidad). El virus mantiene muy alta la ocupación de los hospitales, provoca centenares de fallecimientos cada semana y ha dañado con mucha intensidad nuestro sistema económico. Sobran motivos para plantear una moción de censura al Gobierno, en opinión de la siempre fogosa e inflamada bancada de Vox. Y en cuestión de días asistiremos a tal evento.

Previsiblemente, este pretendido entretenimiento ocupará titulares periodísticos durante un par de días, para que el resultado final sea que quien entró en el debate como presidente salga del debate como presidente. Por el camino, el líder de Vox llenará varias páginas del diario de sesiones del Congreso, donde aparecerán, casi con seguridad, improperios e insultos que habrán cruzado el hemiciclo de un lado a otro. Y, cuando todo eso termine, el virus mantendrá todavía muy alta la ocupación de los hospitales, provocará centenares de fallecimientos cada semana y seguirá dañando con mucha intensidad nuestro sistema económico.

La experiencia y el escepticismo adquiridos durante años nos hacen asumir con resignación y realismo que entre nuestras aspiraciones no puede estar la de que disfrutemos de buenos gobernantes. Pero sería oportuno y conveniente que, al menos, no se añadieran otros disturbios a los que ya son inevitables.

La ineludible cuota teatral que tiene la política está de sobra cubierta con las estériles sesiones de control al Gobierno que se celebran los miércoles. Ya era conocido que esos ratos de preguntas y respuestas no servían para gran cosa, pero resultarían más llevaderos si, al menos, disfrutáramos de líderes con una elevada capacidad para la oratoria. Desgraciadamente, en la actual generación de representantes políticos no ha anidado todavía el arte de la elocuencia. Resulta trabajoso encontrar una pizca de Castelar o de Churchill entre tanto grito, tanto insulto y tanta frase mal construida.

Si escasea la labia, si las circunstancias del país no aconsejan perder el tiempo y si el fruto de la propuesta va a ser ninguno, es difícil ver utilidad real a dos jornadas de debate sobre una moción de censura que terminará, como escribió Cervantes, en un «fuese y no hubo nada». No habrá consecuencia directa: no caerá el Gobierno de Pedro Sánchez y Santiago Abascal habrá de asumir que su camino hacia La Moncloa, de existir tal camino, aún está pendiente de ser recorrido por completo.

Lo que sí puede ocurrir es que encontremos alguna consecuencia indirecta. La aparición y el crecimiento acelerado de Vox es el gran éxito del otro lado del espectro político: independentistas catalanes y Podemos. La progresiva ocupación de espacios por el extremismo soberanista y por el extremismo de izquierdas ha provocado en los últimos años un efecto reacción del sector más extremo de la derecha, que había permanecido durante años cómodamente instalado en el voto al Partido Popular. El PP no satisfacía sus más íntimas y viscerales pasiones políticas, pero era lo más práctico. Sin embargo, la practicidad ha dejado de ser un elemento valorado por determinados sectores sociales. Ahora se impone el arrebato del momento sobre la estrategia a medio plazo. Y, cuanto más alimenta un extremo al otro, más realimenta el otro al uno. Los extremos han sabido convertirse en parte de nuestra normalidad y, en ese nuevo hábitat político, el moderantismo de ambos lados se repliega forzosamente, mientras se debilitan las instituciones.

Solo el paso de los años nos dirá cuál es el legado que dejará Pedro Sánchez a su paso por la presidencia del Gobierno. Pero, después de solo nueve meses de apasionado romance político con Pablo Iglesias, ya emerge algo con claridad: Sánchez ha conseguido que su gobierno de coalición se convierta en una causa superior a defender por sus feligreses más devotos. Y eso es así por encima y al margen de la calidad de su gestión. El apoyo ardoroso a los coaligados no es por cómo gobiernan, sino porque están en el gobierno. Y, por extensión, porque así evitan que quienes estén en el gobierno sean los otros.

La moción de censura de Vox reafirmará, por reacción, a la base electoral que sostiene al Gobierno. Veremos si también reafirma, en igual medida, el sustento electoral de Vox, o si sus votantes del pasado mes de noviembre reflexionan sobre el grado de utilidad de esta fuerza política. En definitiva, si un Vox más fuerte provoca la caída del ticket Sánchez-Iglesias o si, por el contrario, el partido de Santiago Abascal facilita que se cumpla el augurio de Pablo Iglesias, que como gestor está inédito, pero como analista político es apreciable: «no volverán ustedes (el centro derecha) al consejo de ministros».

Sentencia manifestada en sede parlamentaria, desde el banco azul que ocupan los miembros del Gobierno.