¿Para cuándo robots que abran las bolsas de plástico?

Piensas que los algoritmos tienen soluciones para todo: para ligar, para buscar casa, para el camino más corto, para abrir las bolsas de plástico

El coronavirus ha convertido en imposibles las cosas que ya de por sí eran complicadas. El teletrabajo, los deberes, la convivencia o el sexo son pruebas a superar, pero resultan nimiedades si lo comparas con uno de los retos que más desgastan y que te da la medida de tus posibilidades para hacer frente a los desafíos de la existencia: ¿eres capaz de abrir una bolsa de plástico del súper?

Primero tienes que descubrir por dónde está la apertura, que ya tiene su mérito, y después lograr que se despegue. Como llevas guantes de plástico, la bolsa se te resbala una y otra vez; te empeñas, tiras, buscas un agujero, una mínima apertura. Nada. Entonces, te la acercas a la boca, para ver si soplando. Recuerdas que llevas mascarilla. Bueno, va, te la bajas y...

Es ahí cuando la señora de al lado te mira como si hubieras lanzado la bomba atómica. Pides perdón en un susurro por llenar de virus la tienda, te avergüenzas y prometes, de verdad, que no lo vas a volver a hacer.

Pero la bolsa sigue cerrada. Buscas una esquina en la tienda, para que no te vean, te quitas los guantes, lamentas morderte las uñas, rozas con insistencia ambos lados de la bolsita con las yemas. Sí, se abre un poco, intentas abrirlo más, venga, lo tienes: y se cierra. Tu inconsciente te puede y vas a la boca, para soplar.

Compras yogures de sabores. Igual también valen.

Cuando tu mujer te pregunta dónde está la fruta de verdad, respondes, con más o menos firmeza en la voz, que se te ha olvidado.

–Pero –dice ella (y lo peor es que ya sin extrañeza)– si sólo has ido a comprar fruta.

Quieres imaginar que el suspiro que ha dado antes de irse sin esperar respuesta es de comprensión, de cariño, de estar juntos ante las adversidades de la vida.

Enciendes el ordenador y te pones a trabajar. Es decir, escribes en Google: «cómo abrir las bolsas de plástico con guantes».

Piensas que los algoritmos tienen soluciones para todo: para ligar, para buscar casa, para el camino más corto, para abrir las bolsas de plástico y según has leído, hasta para escribir los artículos sobre cómo abrir bolsas. Liam Porr es un estudiante informático que descubrió cómo hacer que un robot escribiese un blog con títulos de autoayuda. Tuvo éxito y ahora casi todo el mundo imagina a los propietarios de los periódicos frotándose las manos ante un futuro de redactores robots.

Yo, en cambio, me imagino contándole a uno lo que me ha sucedido en el súper y que se ponga a redactar. Quién sabrá si este artículo es cosa mía o lo ha escrito una máquina, mientras yo estoy tirado en el sillón, jugando al Fortnite y tomándome (que tampoco era tan grave, amor) un delicioso yogur de fresa.