La liga más importante

Este año parece que no seguiremos descendiendo por la pendiente de la decrepitud deportiva

En este momento debería tener una ilusión por encima de todas, la única razón cabal para desear un domingo. Algo más importante que el trabajo, la familia y la unidad de España: las ligas municipales. Maldito seas, Coronavirus, también esto te lo has llevado. 

Habrá quien piense que exagero, pero ser parte de un equipo de domingueros es de las mejores experiencias al alcance de un adulto medio. Hablo de las legales y las ilegales, de las mundanas y las extraordinarias. Un equipo es la tribu, la familia, los Tercios de Flandes y «Reservoir Dogs» al precio de una inscripción municipal. Bueno, al menos así es el mío, fundado hace ya 17 años, un tiempo en el que nos hemos creado nuestras propias leyendas y archienemigos. Porque en las ligas municipales hay revanchas y odio ancestral. Ningún derbi ni clásico se equipara a las sensaciones en nuestro grupo de WhatsApp cuando nos toca enfrentarnos a los malditos Addams Family. La temporada entera, siete meses de madrugones (¡en domingo, insisto!) con un resultado por lo general desastroso, se define por dos jornadas. La ida y la vuelta contra ellos, dos partidos que vivimos como si transcurrieran a velocidad supersónica y cuyos detalles nos atraviesan la memoria. En realidad suceden como un baile de hipopótamos y todo lo que recordamos es puro esperpento deportivo. Pero es que no militamos en un equipo con los cuarenta años bien cumplidos para quedarnos con la realidad.

A estas alturas, en la liga ya nos conocemos casi todos. Temblamos, eso sí, cuando aparece el nombre de un equipo nuevo amenazando con esconder agazapados a veinteañeros llenos de energía con habilidades extrañas como correr. Las cosas han cambiado. Antes corríamos incluso, aunque nuestra costumbre fuera llegar a los partidos con los ojos enrojecidos y aroma a destilado, en una fase en la que la resaca no ha tenido tiempo de manifestarse. Ahora el problema es aparcar el monovolumen y desembarcar a las criaturas y los carritos, porque sus madres siguen aceptando el baloncesto de papá solo a condición de que los niños vayan en el plan. Lo mejor, claro, es lo que viene después de agrietar el tablero. Habitualmente nos dirigimos al bar arrastrando los pies y ahí es cuando empieza lo importante, el cruce de la fantasía y los hechos, los tozudos hechos. En ese cruce, por cierto, es donde están nuestras capacidades. Fueron científicas aunque mediocres y hoy no alcanzan a engañarnos a nosotros mismos. Nos proponían las autoridades jugar con mascarilla y, aunque las barreras de la dignidad estética hace tiempo que las cruzaron nuestras barrigas como rompe un caza la velocidad del sonido, hemos rechazado semejante cosa por una cuestión de principios. Este año parece que no seguiremos descendiendo por la pendiente de la decrepitud deportiva. Y no diré que no sabía lo feliz que me hacía eso. Lo sabía perfectamente.