La derecha impaciente

Gobernar es atravesar el campo de minas del adversario, pero ejercer la oposición es estar sometido cada día al fuego amigo

En la mentalidad popular, las prisas pasan por tener fama de malas consejeras. Sin embargo, la paciencia no se inventó para la política. No, al menos, para la política tuitera que se enseñorea entre nosotros. Cualquier victoria que no se alcance de inmediato se considera una derrota. La táctica se ha impuesto a la estrategia. Solo se atiende al corto plazo, entendido como el próximo cuarto de hora. El largo plazo es el más allá. Y en este hábitat, en el que se exige celeridad y resultados exitosos cada mañana, ejercer la oposición se ha convertido en una actividad estresante y con la permanente perspectiva de dirigirse hacia un fracaso irremediable.

Es probable que Pablo Casado haya tenido esa sensación desde el mismo día en el que se alzó, contra pronóstico y frente el deseo de la cúpula de su partido, con el liderazgo del PP. Tan resentida estaba la jerarquía popular por el triunfo (considerado por ellos como un robo) de Pedro Sánchez en la moción de censura contra Rajoy, que la primera exigencia a Casado fue que ganara las elecciones de abril de 2019 para devolver las cosas al lugar en el que, según ese ánimo efervescente, debían estar. Es decir, con el PP de nuevo en el poder.

Desde aquel momento, el crédito de Casado entre los suyos entró en fase de lento pero progresivo desgaste. Está sometido a la incómoda vigilancia de sus barones regionales, hombres poderosos en sus territorios y siempre dispuestos a tener una presencia «madrileña» que robustezca sus egos personales y sus ambiciones de más amplio alcance. En el liderazgo político, como en la vida, se puede tener la potestas o la auctoritas. Si además de ser el líder de un partido eres también el presidente del gobierno, los tuyos te reconocen como tal y tendrás ambas cosas: potestad y autoridad. Si, por el contrario, eres el líder del partido, pero no aciertas a poner en apuros al gobierno desde la oposición, se cuestionarán tus decisiones, lo que haces y lo que dejas de hacer. Tendrás la potestad, pero se te cuestionará la autoridad.

Esto no es nuevo. Cuando José Luis Rodríguez Zapatero se hizo con la secretaría general del PSOE (igual que Casado, en contra de la cúpula socialista), tuvo que compartir escenario con quienes eran conocidos como «los tres tenores»: el extremeño Juan Carlos Rodríguez Ibarra, el andaluz Manuel Chaves y el castellano-manchego (y perdedor del congreso del partido) José Bono. Los tenores socialistas ya habían hecho la vida imposible al anterior líder, Joaquín Almunia, que fue el sucesor de Felipe González. Pedro Sánchez se encontró con esa misma presión interna antes de llegar al poder. Gobernar es atravesar el campo de minas del adversario, pero ejercer la oposición es estar sometido cada día al fuego amigo.

Esquivar las balas ajenas es parte del juego de la política. Pero Casado lleva ya dos años y medio sorteando, con éxito desigual, las balas que se disparan desde su propio bando. No solo desde su partido, sino desde una parte del sector social que tradicionalmente ha apoyado al PP.

Al líder popular le corresponde, por la obligación que genera su cargo, diseñar y modular su estilo de oposición. Esa tarea siempre ha sido muy compleja. Lo era cuando la batalla política se resolvía entre solo dos partidos: PSOE y PP. Ahora, con media docena de fuerzas políticas de ámbito nacional, es aún más complejo. A Pablo Casado se le han achicado los espacios entre la oposición dadivosa de Ciudadanos y la oposición trumpista de Vox. Cuando algún día el PP se levanta pactista, resulta que Ciudadanos ya cubre ese flanco. Y si al día siguiente se despierta con cuerpo de jarana, Vox es insuperable en esas lides porque sus jefes siempre encuentran la manera de subir el nivel de decibelios.

Con este escenario, se ha instalado en el imaginario colectivo la sensación de que, ante la aparente inacción o desacierto de Casado, la oposición al dueto Sánchez-Iglesias la ejerce Isabel Díaz Ayuso, de la misma forma que la oposición a Ayuso la realiza Sánchez, ante la supuesta incomparecencia de Ángel Gabilondo.

Y, como consecuencia, las voces del entorno popular que susurran a los oídos de los periodistas critican que Casado dé la sensación de estar a la espera de que el poder se le caiga encima. Pero eso solo ocurrirá si coinciden dos condiciones a un tiempo: que se den las circunstancias adecuadas y que pase el tiempo que ha de pasar. Ahora se podrían dar las circunstancias, porque la gestión de la pandemia es la que es y la economía va hacia donde va. Pero todavía no se ha cumplido la segunda circunstancia. Aunque algunos no lo crean, solo llevamos nueve meses de legislatura.