Las puertas giratorias de Iglesias

Sánchez ha encontrado la manera de acabar con el vicepresidente, pero depende de una decisión judicial

El estado de alarma en Madrid es, para algunos, un acto de responsabilidad frente a la negligencia de Díaz Ayuso, para otros, un ataque de soberbia después de que el TSJM dejase en evidencia la chapuza del gobierno central.

Cuando, dentro de quince días, se haga un balance de la evolución de la pandemia, veremos cuál de las dos hipótesis ha ganado. Entre tanto, habrá discrepancias en el recuento de positivos y fallecidos, en la interpretación de los datos y también zancadillas entre ambos gobiernos.

Se ha convertido en una pelea personal entre Sánchez y Díaz Ayuso. El presidente dirigió personalmente, y a golpe de teléfono con el ministro Illa, toda la operación del decreto, mientras la presidenta Díaz Ayuso buscó el enfrentamiento y usó su influencia en los medios de comunicación para justificarlo.

La bronca política no acabará en lo que queda de legislatura. Eso lo saben en Moncloa y, por ello, han empezado a mover los hilos para apear al PP de la Puerta del Sol sin pasar por elecciones. Contactos intensos con Ciudadanos, la construcción de un relato adecuado ante los ciudadanos que lo justifique y búsqueda de candidato.

Los dos son osados y su arrogancia contrasta con la falta de apoyos parlamentarios. Sánchez no podrá obtener una prórroga al estado de alarma en las Cortes y Díaz Ayuso está en trámite de divorcio con los naranjas.

Es verdad que han obtenido victorias parciales, el socialista ha conseguido dejar de ser el responsable de la mala gestión la pandemia, señalando como culpables a los presidentes autonómicos.

Ahora él ocupa el papel de vigilante y solo interviene cuando lo hacen mal los gobiernos regionales, se supone que aplicando la “gestión exitosa” de la que hizo gala en la primera ola.

Díaz Ayuso, por su parte, ha conseguido dar la vuelta a la percepción del conflicto que, hace unos días, era por su nefasta gestión y ahora nadie duda de que se ha convertido en un enfrentamiento de corte partidista.

Las cosas han ido demasiado lejos y no va a ser fácil de explicar en unas semanas. En verano, Cataluña vivió momentos muy difíciles de contagio comunitario mientras Torra hacía gala de una manifiesta ineptitud.

Permitió celebrar la fiesta de San Juan en plena ola, no tenía rastreadores, actuó tarde en el asunto de los temporeros, mintió con los datos y fue una gestión desastrosa que provocó muchos daños económicos al turismo.

Pero Sánchez nunca intervendría Cataluña, ni tampoco lo haría en Euskadi o en Navarra porque necesita a los nacionalistas e independentistas y eso en Madrid se sabe y es cuestión de días que prenda en la opinión pública.

Además, los problemas también se acumulan en Moncloa. Sánchez ha encontrado la manera de acabar con Iglesias, pero depende de una decisión judicial y los movimientos del líder podemista son imprevisibles como lo es su cambio de opinión respecto a la presencia institucional en el desfile militar del 12O. Con tanto cambio, a nadie le sorprendería, en meses, ver al vicepresidente sentado en un Consejo de puerta giratoria.