Sodoma y Gamarra
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Recuerdo aquellos tiempos de gresca en la clase del colegio cuando, desbordado por fin el control del maestro, el ruido de voces subía de tono y alcanzaba una suerte de nirvana sonoro en el que, de tanto ruido, uno podía gritar sin que ni siquiera él mismo se escuchara. En esa perturbación, uno se subía en la mesa a bailar, otro se bajaba los pantalones y otro más chutaba la papelera. Últimamente reconozco ese delirio en la tribuna del Congreso en la sesión de control a la oposición de los miércoles. Ayer, durante la intervención de la portavoz del Grupo Popular, Cuca Gamarra, faltaban solamente dos tipos descolgándose por los cortinones. Manuel Sampalo definió la escena magistralmente en el Whatsapp como "Sodoma y Gamarra" .

Mi Españita queda absorta en este jaleo de miércoles, una ceremonia encolerizada con curiosas reglas por las que el PP siempre termina encasillado en el papel de asaltante de la democracia y en cambio, Bildu parece erigirse en compañero en la lucha progresista del PSOE, que es un camino que recorren unidos pese a las diferencias sentimentales del pasado, aquel tiempo en que les separaba, dicen, la crispación del momento, la cerrazón y una idea anticuada de lo que suponen España y sus naciones. El sostén del secesionismo y del terrorismo -ahora solamente argumental- es un matiz despreciable si supone el apoyo a los Presupuestos Generales del Estado. En esta nueva cosmogonía, solamente dar vida a Sánchez equivale a dar vida a España.

El apoyo al Gobierno viene a ser la línea roja definitiva, de manera que el arrastrar de los pelos a las instituciones en la tribuna queda incluido dentro de una sanota libertad de expresión, o eso dice el principal partido del Gobierno que ya no escucha algunos agravios, como cuando la gente se acostumbra a vivir junto a la vía del tren y deja de despertarle la sirena del Expreso a Lisboa. Así mismo, en plena gresca, la presidenta del Congreso invitó a Gamarra a que prosiguiera su intervención. “La Cámara está en silencio”, le dijo Meritxell Batet, que representa muy bien al sanchismo que se ha vuelto sordo, aunque solo del oído izquierdo.