El fin del cuñadismo

Lo bueno del cuñado es que, como el infierno de Sartre, son los otros. Nunca nos paramos a pensar que nosotros somos los cuñados para ellos

A veces, cuando invento una historia para mi hijo intento que contenga mensajes más o menos profundos al igual que sucede en los libros de éxito infantiles como «¿A qué sabe la luna?» o «No sabes cuánto te quiero». Como mi idea es ampliar su punto de vista y hacer de él una persona de provecho (a ver, lo que de verdad quiero es que sea millonario, pero el euromillones, por lo visto, no) imagino historietas con las que ame la diversidad, sea comprensivo, amable, respetuoso, valiente, solidario... Hasta que le echo un vistazo y le veo profundamente interesado en buscar un tesoro en su nariz. Es ahí cuando me doy cuenta de que si no meto rápidamente la palabra culo o cuento que alguien se ha tropezado y se ha roto los dientes, voy a perder al único lector que me interesa.

Así que todas mis historias van, al final, por el mismo camino escatológico o de porrazo inesperado y soy el típico escritor encasillado. A mi hijo, claro, eso le da igual. Él se parte: mi éxito más rotundo fue el día que el protagonista se tiró un pedo tan grande que se dio de morros contra el suelo (digo, por si alguien de Planeta le interesa).

En el programa «No te rías que es peor» un concursante tenía que aguantar sin reírse una serie de chistes de los entonces famosos humoristas de la tele. Cuanto peor era el chiste, más audiencia conseguían. Es como ese compañero de trabajo que de repente se levanta riéndose y empieza una procesión de mesa en mesa, sin dejar de soltar carcajadas y con el móvil en la mano. Es lo de casi todos los días: le han mandado un chiste y te lo va a contar.

Son las mismos bromas que alguien cuenta en la cena de Nochebuena. Es a quien desde hace años se denomina el cuñado. Te cuenta chistes malos o te dice que ya que eres periodista deportivo, por qué no le dices a Zidane que dé más minutos a Mariano, que él le vio jugar cuando era más joven y no te puedes creer los goles que metía (y no, no te lo puedes creer).

Lo bueno del cuñado es que, como el infierno de Sartre, son los otros. Nunca nos paramos a pensar que nosotros somos los cuñados para ellos. Tiene pinta, de todos modos, que esta Navidad nadie va a ser cuñado, porque no va a haber cenas y nadie nos contará su teoría conspiranoica del coronavirus o gritará que todos los políticos son malos, los árbitros unos inútiles y todos los periodistas unos desinformados. Y tú, con la mano llena de langostinos, casi que le das la razón.

No habrá cuñadismo y puede, en realidad, que ahora mismo, que escribo desde casa, de vez en cuando levante la vista y miré hacia la puerta, deseando que entre alguien y me cuente un chiste, aunque sea malo y machista como aquel de la señora que llamó, qué cosa tan absurda, «Mistetas» a su perro.