Actos de fe en la era de la ciencia

La información sobre el virus es la científica, pero hay gente que decide no creérsela igual que antes elegían creer que tal o cual político había sido nazi o novillero

Se suponía que estábamos en el siglo veintiuno. Nos prometieron una era de tecnología, saber científico, estadísticas y datos. De acercarnos algo a la cosa imposible de la verdad. Y, sin embargo, nunca hemos dudado más, y nunca hemos creído o dejado de creer tanto. Nunca como hoy los bulos y las mentiras han estado tan presentes.

Antes del Coronavirus, las «fake news» afectaban a personas concretas. Políticos, deportistas o famosos a los que se les atribuían relaciones con la mafia, propiedades multimillonarias o costumbres secretas, gustos... extraños. Nos hacía hasta gracia, con según qué personajes, la difamación. Aunque sabíamos que era mentira, pensabas: bueno, se lo tiene bien ganado. Pero no nos dábamos cuenta de que estábamos generando una sociedad que, o bien no es capaz de distinguir una información veraz de la que no lo es, o bien es propensa a decidir a voluntad, por pura creencia, qué es verdad o mentira. Y entonces llegó la emergencia sanitaria, que debería habernos unido pero, muy al contrario, no ha hecho otra cosa que enfrentarnos. La información sobre el virus es la científica, pero hay gente que decide no creérsela igual que antes elegían creer que tal o cual político había sido nazi o novillero. Mil médicos dicen la misma idea en mil entrevistas, pero hay quien elige creer una captura de pantalla en Twitter.

Cuando estuve en Nueva Orleans me topé con predicadores contra la música demoníaca, el alcohol y la lujuria de los carnavales. Alertaban contra el mal camino que estaban tomando los oyentes del blues. Verles subidos encima de un taburete declamando malos presagios fue como la realización de una fantasía. Aquí también tenemos de esos, pero en vez de subirse a una caja de cartón presentan programas de televisión de pseudociencia donde lanzan 200 memeces y, cuando aciertan con una, encima alguien escribe una noticia.

Las historias falsas se propagan a toda velocidad, mucho más rápido que las verdaderas. Los datos no cuadran, las estadísticas están manipuladas. Maldito ser humano, tienes la culpa de todo, incluso de ponerle la zancadilla a la ciencia (o, desde luego, a los científicos). Porque donde todo falla, la grieta de Matrix, es en nosotros. Ojalá dejemos de aplicar el «yo creo» y el «yo pienso» (el maldito yo opino) y busquemos la información, los hechos. Porque, si seguimos así, era casi mejor quedarnos con la fe que existía en la Antigüedad, que se depositaba en un ser superior y en la comunidad. En cambio, las creencias que defendemos hoy no son más que vanidad e individualismo. ¿Para esto el siglo veintiuno?