Un cazador y dos pichones

Jose Maria Cuadrado JimenezLa Razón

Y de repente, el mundo del centroderecha se paró. Con todo el viento soplando de cola, subiendo encuesta tras encuesta, con una crisis económico-sanitaria que debería reventar al Gobierno socialcomunista, PP y Vox pusieron rumbo no a Barajas como estaba previsto en la hoja de ruta sino a una montaña picuda e inaccesible para estrellar el imponente Airbus 380 que pilotaban el comandante Casado y su segundo, Abascal. Jamás contemplé un suicidio tan perfecto ejecutado en tan poco tiempo. Claro que este suicidio de masas al estilo de los que inducen los gurús de las sectas hubiera sido física y metafísicamente imposible si Abascal no hubiera tenido la egoísta ocurrencia de una moción de censura inganable con la que buscaba un macroanuncio gratis en prime time en todos los periódicos, televisiones y radios. Como algunos vaticinamos, esta iniciativa parlamentaria sólo podía tener un ganador: Sánchez. Un Sánchez que alzaprima por medios sumisos y periodistas de cámara interpuestos al partido verde con la malsana intención de vencer a la derecha dividiéndola. Ese divide et impera con el que los romanos arrasaron media Europa y parte de la otra. Ese «divide y vencerás» más viejo que la tana. Propagar el miedo a «la ultraderecha» que no es Vox –Anguita dixit– es el tan cantoso como goebbelsiano modus operandi de Sánchez y Redondete para demonizar intra y extramuros a una parte de la derecha con el fin de que el pez gordo, Pablo Casado, jamás pueda gobernar por el mero hecho de que los de Abascal son poco menos que la reencarnación del NSDAP de Adolf Hitler. Una falacia que no por mil veces repetida dejará de ser un embuste como la copa de un pino. Eso sí, de momento, les funciona: Vox sube como la espuma y el PP empieza a perder fuelle. Ahora resulta que una formación que defiende la Constitución, al Rey, la separación de poderes y denuncia el blanqueamiento de ETA o los golpistas catalanes es setenta veces siete peor que el partido político de ETA, Bildu o la ERC del golpe de Estado de 2017.

O que ese Podemos del presunto tridelincuente Iglesias, que se financió con billetes de la narcodictadura venezolana y con petrodólares de un Irán que ahorca homosexuales y lapida mujeres. Motivos para acometer una moción de censura hay muchísimos más que nunca antes en democracia. Pero de ahí a inmolarte en la casa de la soberanía popular media un abismo. Con una diferencia: tú te has hecho daño, más del que te piensas, pero no has causado un simple rasguño a tu objetivo, que se fue de la Carrera de San Jerónimo gritando «¡Albricias, albricias!». Igualmente masoquista me resulta la táctica de un Pablo Casado que, en lugar de optar por la abstención que tan buen resultado le dio al PSOE en la moción de Podemos en 2017, decidió tirar por la calle de en medio, votar «no» a la censura a Sánchez, poniéndose del lado de Iglesias y los representantes de Otegi y Junqueras. Al menos, formalmente. En fin, una opereta bufa que ha terminado con Sánchez saliendo por la puerta grande, reforzado como nunca pese a ser el mismo inepto de siempre, y dos perdedores, especialmente Pablo Casado, que saldrá escaldado de un «no» que la derecha sociológica ni entiende ni comprende. Conclusión: los cazadores han terminado siendo unos pichones y el pichón resultó un cazador más hábil de lo que pensábamos.