El momento histórico

Se retenía una idea del momento histórico como si fuera una serie de Netflix y parece ser que en realidad está más próximo a un documental de La 2

MariscalEFE

Siempre se ha querido vivir un momento histórico y ahora que se vive uno, resulta que no es el que se deseaba. Empieza a sospecharse que el momento histórico es uno de esos sucesos que nunca está a la altura de lo que se espera de él. En la imaginación arbolada de literaturas y acontecimientos históricos con la que se convive, y con la que se anda perezosamente avencidado, reverbera un espejismo de revoluciones, aventurerismos y belicismos que no conjugan bien con nuestras realidades circundantes. A uno le hubiera gustado presenciar asaltos de bastillas, atestiguar aterciopelados derrocamientos monárquicos o dar fe periodística de la independencia de las norteaméricas, pero hay que conformarse con un régimen de toques de queda y confinamientos que deslucen bastante la ocasión.

Uno, desde esa ingenuidad bárbara que aporta el butacón de la lectura, preveía el momento histórico como una convulsión de acciones y ajetreos. Un espasmo social alimentado con arengas jacobinas y un derramamiento de masas encenagando las aceras de los bulevares y las plazas. Lo que habían omitido consignar los cronistas es el tedio. Se retenía una idea del momento histórico como si fuera una serie de Netflix y parece ser que en realidad está más próximo a un documental de La 2: algo más adormecedor que realmente emocionante. Hasta las guerras, con toda su intendencia de heroicidades, vienen a revelarse, al hilo de ciertos testimonios, no con el cinemascope de los de-sembarcos, sino como un tiempo demorado de atrincheramientos y conversas donde las masacres no son más que un breve intervalo entre rutinas.

El proverbio que reza «Dios nos libre de vivir tiempos interesantes» se había tomado como una advertencia sobre las épocas salpicadas de místicas ideológicas, pero ahora empieza a observarse como un aviso contra el aburrimiento que acompaña a los calendarios convulsos.

Quizá es porque el momento histórico muchas veces es algo impuesto, ajeno, que en contadas ocasiones coincide con el verdadero momento histórico de uno, que es el acontecimiento fáctico que debería preocuparnos. El momento histórico es probablemente para quien lo erige, para los intelectas que mueven los hilos del destino o los enlevitados con políticas, discursos, panegíricos y listos envueltos en alegatos para los notarios de la causa. Para esos que lo protagonizan en primera persona. El resto, más que vivirlo, lo sufrimos, con una espiritada aflicción, pero, por encima de todo, con una honda inapetencia y monotonía. La reflexión impulsiva deja un aprendizaje acelerado de que el momento histórico siempre nos lo han vendido en un archivo comprimido, pero si uno se lo descarga con sus días y sus noches es más aburrido que una tarde de resaca.