Hablar por hablar

Lo fascinante es que a los únicos que probablemente deberíamos escuchar son los epidemiólogos. Se les oye, pero nadie los escucha

María José López Europa Press

La palabra es el elemento primordial del hombre. Estamos hechos de conversación como el agua está hecha de hidrógeno y oxígeno. En la conversa es donde el ciudadano se siente monarca y amo de sí mismo. La primera democratización del mundo no es un logro político, es un éxito de mesones y tascas, que es donde la gente iba a pegar la hebra y rajar del terrateniente y el señorito abusón. Antes de que las revoluciones comenzaran a decapitar aristocracias, los títulos nobiliarios ya habían caído en los bares, que es donde jamás han existido los mundos estamentales con sus cortes de marqueses Bradomín y señoritas versallescas. La parla siempre ha velado por la igualdad. Probablemente, el comunismo, antes que una teoría de Marx, fue un triunfo del palique de los proletas. El obrero partía la húmeda para desahogarse y redimirse de la rabia laboral sin saber que por ahí se empiezan a cambiar las cosas.

Para saber cómo debería ser el mundo o cómo habríamos podido ganar el último mundial, solo hay que acodarse en una barra y pedir un chato de vino. El resto es escuchar a la parroquia. El oído fino enseguida encontrará la voz de estos catedráticos del cafelito y la caña tempranera, y sabrá a ciencia cierta qué debemos hacer para remontar la próxima crisis económica, resolver el batacazo turístico del último verano o por qué Rafa Nadal es mejor que Federer. Hace meses resultaba difícil encontrar entre estos parroquianos licenciados en pandemias, pero se han puesto las pilas muy rápido y ahora no hay camarero que no le enmiende la plana al filósofo de Sanidad, o sea, a Illa.

El virus ha coronavirizado a media humanidad y también las charletas, desbancando clásicos atemporales, como el tiempo que hará mañana, la discusión del último penalti o el último titular político, que tanto juego dan habitualmente. Eso sí, esto de la Covid-19 también cuenta con sus forofismos y hooligans oportunos. Cuando comenzó la Gran Guerra, nuestras españas se dividieron entre aliadófilos y filogermanos. Somos así. Ahora contamos con los bolsonaro que apuestan porque se infecte media humanidad para paliar cuanto antes el descosido de este cerrojazo económico y los que se revelan muy sociatas y apremian por cuarentenajes y reconfinamientos, porque aquí la política lo infecta todo. Lo fascinante es que a los únicos que probablemente deberíamos escuchar son los epidemiólogos. Se les oye, pero nadie los escucha. Como a los neutralistas durante la Primera Guerra Mundial.