El nuevo orden mundial

El perfil del viajero se ha vuelto mucho más solitario y dado a las conversaciones con distancia de seguridad

Bienvenido VelascoEFE

Viajar se ha convertido en un placer al alcance de muy pocos. Cada día son más los países que instauran un nuevo confinamiento como medida desesperada para frenar el avance de la segunda ola del coronavirus con la imposición de restringir todos los viajes innecesarios o de ocio.

Después de un 2020 sin salir al extranjero, reconozco que me he vuelto a emocionar al coger un avión. Quizá por falta de costumbre o quizá, porque el aeropuerto sea una de los lugares que mejor revela la magnitud de la tragedia que estamos viviendo.

La imponente T4 del aeropuerto de Barajas es mejor visualizarla a lo lejos, que sigue tal cual estaba en nuestro imaginario, que en su interior. Ya no hay despedidas apasionadas ni lágrimas antes de pasar los controles. Eso sí, deprimen los cientos de mostradores de facturación vacíos, apagados, sin un destino que ofrecernos. Los vuelos no llenan las pantallas. Hasta hace nada, uno tenía que quedarse parado, expectante, a que viniera la segunda ronda de vuelos, para poder confirmar que iba en hora o cuál era la puerta de embarque. El mundo se había vuelto pequeño y España ya no sólo era la puerta de Iberoamérica. Con vuelos directos a Estambul, Seúl, Dubái, Chicago o Johanesburgo, lo único que había que hacer era ahorrar, acumular días y tener amigos en todas partes. Ahora están inmóviles. De las ocho grandes pantallas, sólo dos y media contienen vuelos. Las otras tres están vacías y en las dos últimas hay información sobre la covid-19 y el wifi gratis. Y eso que es fin de semana de un puente, otrora ideal para hacer escapadas a un buen destino gastronómico español, una ciudad europea o las socorridas Islas Canarias en las que siempre luce el sol.

A pesar del aspecto fantasmagórico, con la mayoría de tiendas de ropa, comida y hasta de Prensa cerradas, se ha recuperado algo en la T4 propio de otras épocas. Los viajeros somos especiales y los afortunados trabajadores del aeropuerto, también. Es casi imposible no mantener una conversación en la facturación de Iberia, con los agentes de Policía que vigilan que los españoles no se salten su confinamiento perimetral, o con aquellos que vigilan que separas bien los dispositivos electrónicos y los líquidos. Bajo las mascarillas FFP2 se intuyen sonrisas, deseos de buen viaje y ¡suerte! o ¡cuídate mucho! son las expresiones más utilizadas como despedida entre perfectos desconocidos.

He de reconocer que el perfil del viajero también se ha vuelto mucho más solitario y dado a las conversaciones con distancia de seguridad. A bordo del avión no hay grupos de amigas ni parejas de luna de miel. Tampoco hay peleas, de esas que tanto hemos leído desde marzo, porque algún pasajero no se ha puesto la mascarilla. Todo el mundo la lleva. Además, para evitar líos, en mi vuelo, de 10 horas, ni siquiera se sirve alcohol (al menos en clase turista). De hecho, hay algo que hacía mucho que no observaba en un vuelo español: se respira cierto orden que, honestamente, no sé si termina de convencerme.