El último Ulises

De sus encuentros siempre se salía con ganas de romper la urdimbre de monotonías que nos atan y lanzarse a la aventura del camino

Javier Reverte se ha ido en esta canícula de encierros y confinamientos. En una época restringida de viajes y abundante en asedios sanitarios. Como una metáfora cruel y tiránica de esos pájaros que, privados de vuelo, languidecen en sus jaulas, sedientos de libertad y horizontes vitales. Venía herido de enfermedad, pero no alicaído de ánimo ni tampoco achacoso de edad, como una especie de insurrecto del calendario.

–¿Existe alguna diferencia entre viajar de joven y de mayor?

–Ninguna, salvo por las pastillas que ahora tengo que llevar conmigo.

Gastaba el humor, o lo que es lo mismo la inteligencia, de no dramatizar tragedias. Hizo suyo ese remedo del carpe diem latino que nos legó Lord Byron, que animaba a no dejarse vencer en una cama, sino en el vigor del asalto, sin tropezar en claudicaciones ni renuncias. Es como se recorrió el territorio del Yukón o se atrevió con los hielos antárticos, tan Mary Shelley ellos, ya en unas primaveras en que muchos deciden acomodarse en el salón para observar el otoño desde la ventana.

–¿Existen lugares en los que aún te puedas sentir solo?

–Pocos, pero quizá en alguna selva de centroamérica o ciertos rincones de Canadá y Alaska.

Y refería entonces la anécdota, el anecdotario es la conversación de los viajeros y los trotamundos, de un guía que durante una travesía por una jungla, no se recuerda exactamente cuál, bautizó una colina con su nombre. Entonces se encogía de hombros y se reía, probablemente de la vanidad humana. Uno, siempre tan madriles, tan de cemento y acera, iba a entrevistarle para que le deslumbrara con las peripecias de su última odisea y los inconvenientes de los viajes, siempre fascinantes para los alérgicos a las maletas. Pero, al final, se comprendía que se iba a charlar de historia, a hablar de literaturas, las que fueran, y uno se encontraba evocando a London, Conrad, Ulises, y los lugares que recuerdan esos nombres, porque él era muy mitómano, muy de ir a los sitios naturales de las leyendas, de transitar por las mismas geografías que habían pateado antes que él otros escritores y poetas.

De sus encuentros siempre se salía con ganas de romper la urdimbre de monotonías que nos atan y lanzarse a la aventura del camino, pero para eso hay que tener pulso aparte de una predisposición en el ánimo. Amigo de Manu Leguineche, tuvo la decisión y el acierto de convertir la profesión, o sea, el oficio periodístico, en una extensión de su singladura vital.

–En los periódicos sobran opiniones y faltan reportajes. Opiniones tenemos todos. Coméntalo en tu diario.

–Eso haré, pero ya te digo que no me harán caso.

En estos tiempos en el que se avecinan nuevas clausuras domiciliarias, y ahora que ha partido el viajero, solo queda una pregunta: quién nos hará viajar con sus relatos.