Trump, Trump
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A estas horas ya se sabrá quién ha vencido en las elecciones de Estados Unidos. Trán trán. Qué nervios. Si ha ganado el rubio, se dirá, lo estaremos escuchando en estos momentos, que se trata de la victoria del populismo, de la antidemocracia, y de la «basura blanca» porque nadie puede entender, ni siquiera mi adorado Julio Valdeón, que a Trump pueda votarle gente, digamos, «normal», de esa que te encuentras en el ascensor, y no muerde, o los pijiprogres de las series de televisión, tipo «Modern Family», que admiten las parejas gays y las adopciones chinas. Se busca un argumento para explicar el sufragio, como a los asesinos múltiples. Hannibal Lecter. No nos entra en la cabeza la barbaridad humana. Ni que fuera yo Bin Laden. Trump es un bendito mamarracho que ha venido a decirnos desde hace cuatro años que no nos estamos enterando de nada. Incluso si ha sido desalojado de la Casa Blanca, es el tipo de político que anhelaba la sociedad del siglo XXI, tan conectada como manipulable, tan sabionda como inculta. Trump, y los que por aquí pululan que son como él pero no se les critica tanto -las machirulas de Irene Montero no tienen un pase- son nuestro reflejo en este estanque dorado como el váter de Maurizio Cattelan, capitalismo Pato WC que es el tiempo de Donald. A pesar de que a diferencia de la izquierda populista a la europea, el presidente de América puede mostrar gráficos positivos (y no, no ha construido el muro). Después de todo, algún día acabaremos añorando a Trump en vista de la que se avecina, el mundo lleno de Antonio Recio para servirles, homófobos, xenófobos, gerentófobos e imbéciles de todo color. Pero de los de verdad. No como Trump. Al cabo, su lección ideológica es que lo peor es la laca y el largo de la corbata. Nada que no pueda arreglar un estilista como Josie. Al contrario que Rufián, que no usa laca pero no tiene arreglo. Mientras, la verborrea demócrata (que igual ha ganado), y de la socialdemocracia europea, aplaude que se premien a las pelis con cuotas de mujeres o de negros, que los niños elijan su sexo a los dieciocho años y que la Historia se revise hincando la rodilla a cada rato, que esto es el paso del Nazareno de la Isla. Hay que tener fe.