La respuesta está en los bares

Mi mayor deseo ahora es que los próximos tres meses pudieran pasar de golpe, como una larga noche de bares

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Cada uno tiene una idea del lujo. Hay quien lo mide en un número obsceno e inútil de caballos del motor de un coche o en relojes que resisten 20.000 leguas de viaje submarino para ti, que te mareas en las barcas del Retiro. Para mí el lujo es el número de días que puedo desayunar en el bar. Pincho de tortilla, cruasán plancha, barrita con tomate. ¿Champán y reservado? No, café con leche y Ana Rosa.

Dicen que los bares no son el futuro, que tenemos que dejar de ser un país de camareros, pero yo creo que contienen todas las respuestas. Quizá la clave es solo orientar los esfuerzos correctamente. Hacer que el futuro sea el I+D, la investigación científica aplicada a los bares, un camino que han visto muy claro en Sevilla. Solo allí se concibe al perro biónico diseñado por Boston Dynamics, un robot de miles de euros, llevando Cruzcampo a los parroquianos por la Cuesta del Rosario. El bar se llama «La Gitana Loca» y esto no es un chiste ni una metáfora. Ha pasado.

Que conste que a mí, Chema, el del bar de abajo, me cae muy bien. Es del Atleti y es un poco insoportable (no estoy diciendo que ambos hechos estén relacionados) pero le tengo mucho cariño. Lo que pasa es que, si por un casual, tengo que dejar de escuchar sus impertinencias porque el café con leche me lo trae un dron, puedo hacer excepciones a mi ludismo militante. Chema clava la tortilla pero está lleno de defectos de personalidad. Y a mí dame pincho y llámame tonto.

Lo importante es elegir un buen establecimiento. Sigo algunos mandamientos de ineficacia probada, pero en los que reincido por fallo del «software». Señales a favor: todo bar con nombre formado por dos sílabas y una y griega en medio es un imán para mí. Es decir, un Payma (de Paco y María) o un Joyca (como uno que hay en Carabanchel y que puede ser de Jose y Carmen) los percibo como un indicador de familiaridad. Otro: todo mesón con fotos de platos combinados es miel sobre hojuelas. Quedan muy pocos locales de esta especie y hay que impedir que se conviertan en gastrobares, ojo, primera señal de peligro indefinido. No es que la denominación de gastrobar sea el aviso de cruzar la puerta y que te la claven, pero conviene acceder con la ceja levantada.

Y luego está el bar de Antonio García Ferreras, que se debe parecer a un «after» de esos que lleva la farmacia incorporada. Francamente, no sé cómo pudo aguantar ayer durante 16 horas de programa. A mí me ha pasado eso de entrar a un bar por la noche y salir de día, pero juraría que eso no me ha sucedido nunca trabajando. Solo recuerdo el sol que abrasaba mis retinas. Mi mayor deseo ahora es que los próximos tres meses pudieran pasar de golpe, como una larga noche de bares.