Las bajas pasiones

Si los gastos electorales tienen una eficacia dudosa, cada vez es más indiscutible que los sondeos electorales son un despilfarro que solo sirven para confundir.

Ciudadanos estadounidenses reclaman que se cuenten todos los votosJulio CortezAP

Ha sucedido por enésima vez: las encuestas no dan una. Si los gastos electorales tienen una eficacia dudosa, cada vez es más indiscutible que los sondeos electorales son un despilfarro que solo sirven para confundir.

Sin embargo, los partidos políticos dependen de ellos e, incluso, los medios de comunicación.

No hay canal de televisión que se precie, ni periódico, que no tenga sus propios sondeos cada vez que hay elecciones. Son muy caros, y más cuanto más en racha esté el gurú de la empresa demoscópica que suele estar en gracia cuando “ha acertado” en los últimos comicios. Lo normal es que en las siguientes no tenga tanta fortuna.

Muchos líderes han usado las encuestas de manera discrecional para justificar sus bajas pasiones. De esa manera, ponen y quitan candidatos con la promesa de que arrasarán electoralmente, luego ocurre lo contrario, pero todo se olvida rápidamente, en cuanto llega la siguiente encuesta.

Y se genera tanta confusión en los candidatos que, los pobres, cuando se quieren dar cuenta, ven a Isabel Díaz Ayuso en la Puerta del Sol y no entienden qué ha pasado con las previsiones que publicaba su periódico.

También es frecuente la práctica de encargar un estudio y pedirle a la agencia demoscópica de turno un poco de creatividad para que los resultados generen una determinada sensación y, claro, nos quedamos ojipláticos con algunas publicaciones del bueno de José Félix Tezanos.

En EEUU el único que ha acertado es Bernie Sanders que dijo ya hace un par de semanas que Trump se proclamaría presidente sin haber terminado el recuento. No es un reputado investigador social, sencillamente tiene sentido común.

En este caso, Trump ha sabido usar las encuestas en su contra para dar cuerpo a su teoría de la conspiración y el fraude electoral. Primero anuncia que ha ganado frente a los sondeos y cuando se escrute el voto por correo, si se sale victorioso, la celebración será doble porque habrá ganado además de las elecciones a los conspiradores y, si le dan por perdedor, ya lo dijo él, un tongo en toda regla.

En definitiva, los estudios electorales sirven para casi todo excepto para lo que teóricamente deberían. Una buena parte de ellas se pagan con dinero de todos, las que hacen los partidos desde luego, pero no son los únicos.

En tiempos en los que se ha puesto de moda desmantelar un número importante de servicios públicos, de recortar en todo lo que se pueda y en lo que no se puede también, es increíble que a nadie se le haya ocurrido dejar de gastar en encuestas.

Probablemente si se prohibiesen cuando hay elecciones, no solo evitaríamos un despilfarro, sino que también sería más justa la competición. Pero vivimos en el mundo de las sensaciones y no de las realidades, incluso hay profesionales de vivir de lo que aparentan, por eso seguimos pagándoles los sondeos. Muchos líderes los han usado discrecionalmente para justificar sus bajas pasiones y quitar y poner candidatos o anunciar determinada política en una coyuntura.