70 minutos en una sala de migración

Si las respuestas no convencen vuelves a la casilla de salida, es decir, a sentarte

Ricardo RubioEuropa Press

Aterrizas en el aeropuerto de un país con más de 230.000 muertos por coronavirus. Lo primero que hacen las autoridades es quedarse con tu pasaporte. Lo tocan. Lo abren. Lo cierran. Se lo guardan. Y te dicen que esperes en el hueco delimitado por tres cintas que hay entre una ventanilla de seguridad y otra. Obedeces. Después viene otro agente de aduanas y recoge el pasaporte. Lo junta con todos los que no han logrado aún entrar. Se lo da a otra agente. Mientras, tú esperas con el resto de desafortunados. La agente abre tu pasaporte y grita tu nombre. Te indica que pases a una sala al fondo a la izquierda.

Una vez se abre esa puerta metálica, se accede a un nuevo mundo. En este cuarto sin ventanas, más de 50 personas –desprovistas de identificación oficial– aguardan a su destino. «No podéis estar de pie, hay que sentarse. ¡Todos sentados!». Lo cierto es que apenas hay sitios vacíos, pero aquí las distancias de seguridad no existen. Al colocarme en una esquina, saco el móvil para avisar de que aún no he salido del aeropuerto. Un agente me llama al orden. «¿Cuánto lleva usted aquí?» Acabo de llegar. «Pues no se puede usar el móvil, se lo iba a quitar, pero con que lo apague vale». Al fondo, en un letrero en rojo el cartel que lo indica, aunque con el tumulto, se me había escapado.

Los minutos pasan muy despacio en esta sala de migración. El único entretenimiento es una televisión –que retransmite un partido de fútbol americano– y escuchar las preguntas que hacen las autoridades. ¿A qué ha venido? ¿Dónde vive? ¿Hasta cuándo estará aquí? ¿Dónde se aloja? Las respuestas son variadas: a votar, de visita, a casa... Si las respuestas no convencen vuelves a la casilla de salida, es decir, a sentarte. La historia más emocionante hasta el momento es la del joven de Bahamas que no admitió que tenía antecedentes penales al rellenar su visa. «Era joven, ¿vale? Todos cometemos errores. Además, en Massachussets fumar hierba es legal». Le mandan sentarse. Entra una trabajadora del aeropuerto. La cinta de la recogida de equipajes ya ha dejado de girar. «Enseñadme la identificación de vuestras maletas y así las podréis recoger al salir».

Lo único positivo es que en la última media hora no ha aterrizado ningún vuelo más, y la sala se va vaciando. Cada vez se escuchan mejor los testimonios. Llega mi turno. Han pasado más de 70 minutos. Otro agente distinto sujeta mi pasaporte. Respondo a las preguntas. Justo cuando me está poniendo el sello, el joven de Bahamas se acerca a otro agente de aduanas para preguntar por qué sigue retenido. «¿Acaso he matado a alguien?», dice elevando el tono. «¿Puedo avisar a mi novia de la hora a la que voy a salir de aquí?». Le mandan sentarse y callarse. El agente me devuelve el pasaporte y me acompaña a la puerta metalizada de salida: «¡Bienvenida a Estados Unidos!»