Biden, el nuevo presidente electo

La ventaja de los demócratas es el apoyo de los millonarios.

Como no soy de izquierdas, nunca lo he sido afortunadamente, no me adhiero a esa falsa superioridad que ejercen los colegas que han pasado, por ejemplo del antisanchismo al más fervoroso y bochornoso sanchismo, y reconozco que me equivoqué en mi pronóstico y todo indica que Biden será el próximo presidente de los Estados Unidos. No me gustan las formas pintorescas y bravuconas de Trump, lo he dicho y mantenido desde que era un aspirante hace cuatro años, pero no ha sido un mal presidente. Los datos de la economía estadounidense y su actuación en política exterior avalan mi afirmación. El gran argumento de los demócratas y los progres europeos se sustenta en una antipatía manifiesta y una benevolencia lamentable hacia el antiguo vicepresidente de Obama. Un debate más de piel que de otra cosa. La división de la sociedad estadounidense es una realidad previa y que nadie espere que el elitista Biden sea un socialista, porque todo forma parte del teatro, por cierto apasionante, que es la política de ese país. Ni siquiera Kamala Harris es una inmigrante, tal como entienden los progres españoles, sino un producto exquisito de su elitista sistema universitario y social.

De momento tendremos cuatro años de Biden y previsiblemente será mucho ruido y pocas nueces, como sucedió con Obama. La ventaja de los demócratas es el apoyo de los millonarios, los productores y actores de Hollywood, los medios de comunicación y los pijos estadounidenses que sienten una repugnancia innata y visceral por la gente corriente. Hay que vivir en las grandes ciudades o sus aburridos barrios de clase media para ser sensibles socialmente. Es algo que queda muy chic en una sociedad sin aristocracia de sangre, pero que ha creado una propia que es la de los millonarios demócratas y sus descendientes. Es difícil encontrar un ecosistema más elitista que se ha mantenido desde los tiempos de las trece colonias. Un amigo estadounidense me decía con ironía que si todos los que decían descender de los «padres peregrinos» lo fueran de verdad el Mayflower habría sido una flota de trasatlánticos. La ironía es que él sí lo era. Es un país de castas muy acusadas y el «progresismo» trufado de paternalismo es un interesante estilo de vida para las elites dirigentes. El ejemplo más claro es John F. Kennedy, el príncipe de Camelot, que expresa muy bien la debilidad del sueño americano y su adoración por el triunfo a cualquier precio