La república bananera de EE UU

«Las caras de pánico ante una victoria de Trump que estuvo muy cerca eran todo un poema»

Cómo he disfrutado estos días viendo a los progres patrios al borde de un ataque de nervios almodovariano. A Podemitas, socialpodemitas y periodistas adyacentes parecía que les iba la vida en el envite electoral estadounidense. En teles, periódicos, radios y redes sociales se percibía una hiperventilación que presagiaba más de un severísimo síncope.

Las caras de pánico ante una victoria de Trump que estuvo muy cerca eran todo un poema. Algunos tenían peor rictus que si hubieran perdido a su padre o a su madre. Con todo, lo mejor fue contemplar cómo algunos podemitas de pro, caso de Echenique, Bustinduy, Iglesias o Montero, iban de bidenistas olvidando que el nuevo presidente sería un remedo yanqui de Felipe González en el mejor de los casos. Que comunistas bolivarianos y totalitarios se apoderen de su figura es para mear y no echar gota. Entre su ideología y la de Biden hay las mismas coincidencias que entre el aspecto físico e higiénico de Clooney y el de Iglesias. Item más: el político de Pennsylvania figura en el ala más derechista del Partido Demócrata, al punto, que en España lo encuadraríamos antes en el PP que desde luego en el actual PSOE. El sectarismo, como el hooliganismo en el fútbol, tiene estas cosas: que te tomas las cosas tan a pecho que parece que te va la vida en ello. Y eso no es bueno para la salud, tampoco para la coherencia, menos aún para el prestigio personal.

Al final, acabas pasándote por el forro de tus caprichos ese axioma anglosajón que sostiene que «las opiniones son propias pero los hechos no». Y todo el mundo te toma como un sucio embustero. Pero si el espectáculo por estos pagos ha sido lamentable, en el lugar de los hechos ha sido aún peor, poniendo en tela de juicio su catalogación como primera potencia.

Que el recuento de las elecciones del país más rico y moderno del mundo tarde cerca de 100 horas es delirante. Que eso suceda en el paraíso de la instantaneidad, en El Dorado de los algoritmos, en la nación que parió Google, Youtube, Twitter, Facebook o Instagram es increíble. Máxime si tenemos presente el nada insignificante detalle de que mis hasta ahora idolatrados EEUU continúan mandando en el mundo, aunque visto lo visto no sé por cuánto tiempo, gracias a esa hegemonía en las nuevas tecnologías.

A este desprestigio hay que añadirle el que supone contemplar al aún titular de la Presidencia montando urbi et orbi el pollo padre porque, según sostiene sin prueba alguna de momento, le han robado las elecciones. Por no hablar del ejercicio de censura supina que representa el apagón de buena parte de las televisiones cuando Trump denunciaba esta aparente fábula del pucherazo. Si esto pasa en España, nos pasaríamos semanas, tal vez meses, llorando amargamente por el tercermundismo patrio. Aquí, Indra tarda dos horas en facilitar el recuento milimétrico e incontrovertible de las generales. Aquí ningún perdedor se atrinchera en la poltrona al más puro estilo Far West. Aquí tampoco presentamos candidatos de 78 años que se quedan en blanco cada dos por tres por falta de riego sanguíneo. En fin, que ni ellos son tan buenos, ni nosotros tan malos.