El eterno viaje al centro

Una gran pantalla emitía imágenes de un hermoso cielo azul salpicado de nubecillas y de la bandera nacional ondeando al viento. Delante, un atril de metacrilato, dos micrófonos (en previsión de que uno pudiera fallar), un cartel azul con un símbolo rojo y amarillo, y el lema «Activemos España». El líder del partido se situó detrás de los micros y en 40 ocasiones hizo referencias al centro, al centrismo o a la centralidad. Cuarenta.

Habían pasado apenas dos semanas desde que Pablo Casado decidió erigir un muro de cemento armado entre el PP y Vox, con un discurso cáustico e inequívoco contra Santiago Abascal y lo que representa. Esa intervención en el Congreso era la más determinante en la todavía corta carrera de Casado como presidente de su partido. Pero unos días después decidía dar el siguiente paso: una vez establecidas las pertinentes distancias con el trumpismo español, una vez aclarado que el PP no quiere ser Vox, ahora tocaba establecer qué quiere que sea su partido. Tenía que situar (o resituar) al PP en el mapa político.

Y trató de hacerlo con una frase muy trabajada en la sala de máquinas de Génova 13: «La verdadera disputa política en España hoy no es entre la izquierda y la derecha, sino entre rupturistas y reformistas, entre populistas y demócratas, entre radicales y centristas». Pablo Casado se autoproclamaba como un político de centro que lidera un partido de centro. Pero estas apelaciones en primera persona del singular son útiles si, y solo si, los demás también las creen. Y el PP tiene un notable déficit de credibilidad cuando pretende ubicarse en esa posición equilibrada del espectro político.

Manuel Fraga, presidente fundador de la antigua Alianza Popular, ya intentó durante la Transición reservar para sí la credencial de centrista, pero ni su estilo autoritario ni sus ideas añejas cuadraban con la moderación propia de alguien que pretende alejarse de los extremos. Tiempo después, en el congreso del PP de 1990, José María Aznar utilizó el lema «Centrados en la libertad». Fue una sutileza que los populares utilizaran el término «centrados», mucho más gaseoso e inconcreto que la palabra «centrista», mientras en su discurso de clausura Aznar hablaba del «centro-derecha», terminología que Casado evitó utilizar esta semana. Recordaba Casado cómo el PP alcanzó la mayoría absoluta en las elecciones del año 2000 proclamando «La fuerza del centro», y en 2011 con «Centrados en ti». Las alegorías centristas han funcionado, a veces.

Sin embargo, el centro –sin el apellido «derecha»– parece ser un lugar lejano, indeterminado y volátil, porque el PP lleva décadas intentando llegar y no lo termina de alcanzar. O sí lo alcanza, pero al poco tiempo lo abandona. Hasta ahora, el viaje de los populares al centro siempre ha sido de ida y vuelta. Nunca se han quedado a vivir allí. La novedad en el discurso de Casado es que ahora evita utilizar eufemismos como «centrados» y habla con claridad de centro y de centrismo. La modificación en el relato es relevante, pero lo sería aún más si se tradujera en decisiones políticas de alcance.

A Fraga le gustaba decir que AP era un partido liberal en lo económico y conservador en lo social. Pero lo que define a un partido de centro es el liberalismo económico y el liberalismo social. Ambos. Y ese liberalismo social lo determina, en buena medida, ser un partido laico.

Este siempre ha sido un asunto de difícil digestión para el PP, especialmente cuando se trata de la educación religiosa, o de derechos civiles y de conciencia como el aborto o los matrimonios entre homosexuales. El Partido Popular tiende a perder el tren cuando se trata de estos asuntos que marcan con claridad la diferencia entre la derecha y el centro. Un exceso de vaticanismo no facilita el verdadero acercamiento a la moderación, que es lo que de verdad distingue a la centralidad. La evolución en ese ámbito –si es que se produce– será concluyente para comprobar la sinceridad de las intenciones de Casado.

Lo que sí tiene delante es una gran oportunidad para acertar. La decisión de Inés Arrimadas de aprobar seis meses de estado de alarma y de negociar los presupuestos –a pesar de ser vilipendiada sin pausa por Podemos, Esquerra o Bildu– saca los más de 1,6 millones de votos de Ciudadanos a subasta pública, y el PP se ha lanzado a por ellos. Veremos qué oferta real hace a esos electores, mientras en la sede popular confían en que los seguidores de Vox terminen por aceptar que la fragmentación del voto en el centro derecha ha tenido como resultado práctico la formación del gobierno más a la izquierda de nuestra historia reciente. Quizá la patética situación de Donald Trump en Estados Unidos frene el avance del trumpismo internacional, incluido el español.