Cortar a Trump

Hay una frontera difusa entre hacer la guerra y hacer el ridículo. Quizás cuando dio su rueda de prensa en la Casa Blanca, Donald Trump pensara que mantenía una cruzada heroica contra el proceso electoral en EE UU, pero desde aquí se le empezaba a sentir el eco de los chiflados, un tonillo siniestro de loca de los gatos y de terminar encerrado en un ala de su mansión peinando a la atardecida una colección de muñecas. De ese universo cada vez más imposible de bravata, grosería, bailecito y chute de laca lo descabalgaron las televisiones el jueves cuando cortaron su discurso de no aceptación de la derrota, y le firmaron un editorial de silencio. Lo dejaron caer.

El gesto llegó a España con mucha charanga. Se aplaudía con entusiasmo no emitir las declaraciones de un presidente que no acataba el resultado de las urnas. La tentación consistía en creer que los medios no deben ser altavoces de discursos que no respetan las leyes, aunque resulte difícil de encajar la posición desde este país en el que enciende uno la televisión y 24/7 predica algún tipo que no respeta la Constitución y que llama a la desobediencia. En un país donde se leían los comunicados de una banda terrorista. Esto sucede porque en general en España se considera que el gringo es un ciudadano que políticamente se acaba de bajar del árbol y que se maneja en términos ideológicamente detestables. Desde España, el norteamericano es un paisano que vota poco menos que con el pañal sucio, un sujeto cegado por sí mismo que dedica su tiempo a devorar hamburguesas preso de la gula, el embrutecimiento y el analfabetismo, que a cada paso valida el extremismo y en general, la indecencia. No como en España, donde sostener un gobierno con el apoyo de Otegi y Junqueras es un brindis al futuro. Aquí, en cambio, toda esa prosa en la que el español se aparece como «una bestia con forma humana» que oprime al catalán, ese QAnon de aquí, digo, resulta un signo de progresía. En esta país se entiende que hay que silenciar al presidente de los EE UU en cuanto incita a la rebeldía en las calles, pero no los discursos de Puigdemont cuando llama a la revolución.

En todo caso, cortar a Trump supone una decisión esencialmente trumpista que encierra efectos perversos. Apartar deliberadamente un contenido de los medios provoca que una parte de la sociedad sospeche –razonablemente– que existe una realidad que no se cuenta en los medios. Que un comité vigile que no se difunda lo que no es verdad consigue que la gente crea que todo lo que se cuenta es mentira. En segundo lugar, rapta la capacidad de decisión del ciudadano al que considera un niño incapaz de hacerse cargo de una realidad. Se trataba de fomentar el espíritu crítico de la persona, no de secuestrárselo por lo que pudiera pasar. Recuerdo que al día siguiente de los atentados de París, con las sillas de los cafés aún sin recoger, un padre se acercó con su hijo de ocho años de la mano hasta la cinta que había colocado la policía en el Boulevard Voltaire, cerca de Bataclan. Quedaron los dos solos charlando en la quietud solemne de la ciudad desierta y aterrorizada. «Lo he traído hasta aquí para que sepa en qué mundo vive», me confesó el padre cuando regresó a la acera. Es de esperar que dentro de diez años, ese niño sabrá distinguir perfectamente el fraude electoral de las fantasías de un zote.