En juego la libertad de Estados Unidos

Tsvangirayi MukwazhiAP

Vivimos tiempos duros, aunque no solamente como se nos viene anunciando desde hace un año con esta pandemia programada desde China por el PCCH hacia el mundo libre y próspero. Vivimos desde hace un buen rato sumidos en el miedo, ya sea debido a las consecuencias del terrorismo islamocomunista, o ya sea amordazados, controlados por los gobiernos social-comunistas que, como en España, han subido al poder igual que en países de Sudamérica, mediante elecciones «constitutivas» o pujada moción de censura, valiéndose de constituciones reconvertidas en meros textos populistas con la intención de radicalizar sus países y eternizar a los gobernantes en el poder.

En España el Congreso acaba de tolerar un concepto –pese a las protestas de la oposición– para definir a las personas que no opinen del mismo modo que el gobierno de Pedro Sánchez como «odiadores», con un ministerio de la verdad orwelliano. Esto me recuerda cuando los mandamases de Cuba llamaban y todavía siguen llamando a los opositores, a los artistas y escritores disidentes, «agentes del odio». Lo hicieron con Reinaldo Arenas, lo hacen conmigo, y con tantos otros. Son los métodos de una tiranía empleados ahora por un gobierno español y europeo.

Observen que me referí a Sudamérica y no a América Latina. El término «América Latina», así como el de «latinoamericanos», es un invento francés, acerca de lo que escribí hace algún tiempo. Sudamérica es como se denomina al continente en referencia acorde a su situación geográfica. Así como Cuba es un país caribeño pues se sitúa en el Caribe, de ninguna manera latinoamericano. Cuando empecemos de nuevo a situarnos correctamente según la posición estrictamente geográfica y no social o ideológica, volveremos a recuperar nuestra verdadera identidad cultural, la que muy poco o nada tiene que ver con los sinsabores de las utopías revolucionarias e «ideologizantes».

Son tiempos raros, mediocres, destructivos para la humanidad. Si la era del nacimiento o Creación nos trajo la fe, y la del Renacimiento la duda y la belleza, la del postmodernismo nos condujo a la miseria tecnócrata, afeada por la incredulidad y el deseo de la destrucción de los símbolos, o sea, toda la caducidad impensable e inimaginable; además de horrenda desde el más puro sentido estético. Sin embargo, de súbito, al fondo del tenebroso camino, en esta travesía difícil de la exiliada incomprendida e indiferenciada, asisto con entusiasmo al resurgimiento, emerge otra posibilidad, un novedoso recurso, como aquella posibilidad martiana, que predecía que «lo imposible es posible, los locos somos cuerdos», tan citada por José Lezama Lima, el segundo José más importante e imprescindible de la cultura de aquella isla. Surge una corriente política, el «trumpismo», en torno a un hombre que pondera su discurso con ideas, nos habla de prosperidad, regresa a la definición de humanidad desde la individualidad y no desde el individualismo de unos pocos oportunistas y trepadores frente a un burujón de entes perdidos humillados, casi zombis; refiere a ideas, y no a ideologías cuyos perennes sacrificios nos conduzcan a la tumba con el sabor amargo de haber sobrevivido de manera incierta y a contracorriente de la vida.

Donald Trump ha fomentado esa corriente, auténticamente política, cuyo eje esencial es lo humano inmerso en la humanidad y no observándola desde la distancia, en torno a principios y acciones de deshacer conflictos, de crear desarrollo, y de refundar épocas, sobre la base de la historia y su ética.

Estados Unidos, gracias a la gestión presidencial durante estos últimos cuatro años bajo el mandato de Donald Trump, ha vivido un período que –para citar al cineasta de D.H. Griffith, con la magnífica actuación de Lillian Gish, quien inició él también una época del cine de Hollywood, que no existe más, porque desdichadamente la ideología le ganó al arte y la creación– podría ser considerada como el postrenacimiento de una nación. De una nación próspera, conducida hacia el éxito, sin complejos, y con dignidad.

Esa nación que tanto ha ofrecido a los refugiados del mundo entero, y a los cubanos, por la parte que nos corresponde, está en vías de salvarse de la debacle izquierdista, y es muy probable, que en su salvación, consiga salvar a buena parte del resto del planeta, de tanta monserga ideológica de la izquierda, y de tanta y tan aburrida manipulación a favor siempre de una clase que se ha valido de la lucha de clases y del proletariado para impulsarse como la clase mejor y mayormente beneficiada, además de la más racista y la más esclavista.

Aunque la prensa se haya apresurado en dar a Biden como triunfador y una parte del pueblo como siempre haya festejado queda la Corte Suprema y verificar voto a voto si hubo fraude o no dada la gran cantidad de irregularidades que minuto a minuto se manifiestan en los estados y su electorado (https://zoepost.com/denuncias-demuestran-que-familiares-muertos-han-votado-por-correo-en-estados-en-disputa/). No es algo que tomara por sorpresa, mucho menos al presidente en funciones que lo anunció y advirtió en diversas intervenciones. Algunos pocos se extrañan de estas irregularidades y argumentan que en Estados Unidos, esa democracia perfecta, no pudiera existir jamás el fraude cual república bananera; se refieren a la misma nación del caso Nixon, y la de los asesinatos de John F. Kennedy y Bob Kennedy, sin que se conozca todavía quién fue el asesino: ¿la mafia que le facilitó a JFK que ganara las elecciones mediante los negocios turbios del padre? ¿Fidel Castro? ¿O el comunismo internacional en el contexto de la Guerra Fría?

Lo cierto es que Estados Unidos no está asistiendo en estos momentos a una situación inédita, pero sí el país y su presidente están enfrentando una macro traición no improbable por inesperada. El Partido Demócrata lleva en su haber un nivel de violencia racista desde la época de su confraternidad con el Ku Kux Klan que llegó hasta el expediente de Hillary Clinton y del mismo Joe Biden, así como asesinatos (recuerden al masacrado embajador norteamericano en Benghazi, entre otros), los silenciados casos de corrupción recientemente descubiertos cuando el candidato demócrata era vicepresidente a través de su hijo Hunter Biden con China, entre otros. Por cierto, vaya hijito, si solamente una pequeña muestra de lo que hemos visto en el cargadísimo dossier de Hunter Biden se hubiera filtrado con relación a uno de los vástagos de Donald Trump, el escándalo de la prensa ni siquiera le habría permitido presentarse como candidato, al otro por el contrario le han tirado la toalla.

Presumo que el resultado de las elecciones se cuestionará en la Corte Suprema, porque Donald Trump no está dispuesto a aceptar este brutal atentado a la libertad. Donald Trump es un patriota.