En tierra encantada puede pasar de todo

«Esa aceptación de lo imposible es lo que les ha llevado a la Luna»

Giorgio VieraEFE

El tiempo siempre es cruel con los perdedores. La suya es una maldad tan sutil como contundente. Y es que al dolor inmediato de la derrota le sigue otro aún peor, crónico, al que llamamos olvido. ¿Quién se acuerda en un día como hoy de Mitt Romney, John McCain, John Kerry, Al Gore o Hillary Clinton? Todos pretendieron alcanzar el Despacho Oval. Todos fracasaron. Y todos sufren hoy las consecuencias de una «damnatio memoriae» que recuerda aquella costumbre egipcia de cincelar los nombres de los faraones herejes para arrancar su recuerdo de la Historia.

Hace algún tiempo tuve la ocasión de charlar con uno de esos «borrados». Había presentado su candidatura a la presidencia de los Estados Unidos solo un año antes de nuestra cita. Le tocó competir por el voto demócrata contra Barack Obama. Y perdió, claro. Llegué a su despacho justo cuando la administración de George W. Bush estaba haciendo sus maletas y el nuevo presidente se preparaba para ocupar su lugar. El ambiente en aquella oficina era eléctrico. Secretarias corrían por los pasillos con sus móviles en alto, mientras otros funcionarios del Capitolio de Santa Fe se arremolinaban alrededor de los televisores como si esperaran algún anuncio crucial.

Sí. Así saludé al gobernador de Nuevo México, Bill Richardson. El político, de fuerte presencia y raíces asturianas, hizo un paréntesis en su agenda para recibir al grupo de españoles al que acompañaba. Habíamos recorrido diez mil kilómetros para firmar un documento por el que su Estado iba a hermanarse con el pueblo soriano de Ágreda. La «culpable» era nada menos que una monja de clausura contemporánea de Velázquez que aseguró haberse bilocado hasta el Río Grande en más de quinientas ocasiones para convertir al cristianismo a los nativos de esa región. Richardson, maravillado con la historia de «la dama azul» –que es como la bautizaron los indios jumano–, pronunció un alegato que me hizo saltar del sillón. «Somos una región desértica, dura, llena de leyendas y misterios. No en vano el lema de mi Estado es Tierra de Encantamiento», dijo muy serio señalando un escudo con esa frase grabada en el centro de la mesa. Corría diciembre de 2008 y de repente recordé que unos meses antes, en plena campaña por la candidatura demócrata, Richardson se había hecho eco de un asunto aún más sobrenatural si cabe. Nacido en 1947, el gobernador había crecido oyendo aquella famosa historia de un ovni estrellado en Roswell, no lejos de Santa Fe, y había prometido que –de llegar a la presidencia– levantaría el secreto sobre el caso. «Siempre he sentido que las autoridades no dicen toda la verdad en lo que concierne a unos cuantos asuntos», declaró.

El recuerdo me electrizó. Así que, antes de abandonar su despacho, mientras nos fotografiábamos con él, se lo pregunté a bocajarro: «¿De veras cree que un platillo volante se estrelló en Nuevo México, gobernador?». Y él, desde su envergadura de metro ochenta, dejó de posar y me miró divertido. «¿Y por qué no? En tierra encantada puede pasar de todo».

El pasado mes de junio, en vísperas del día del padre en los Estados Unidos, el hijo de Donald Trump le preguntó al presidente algo parecido. Fue delante de las cámaras de la NBC. «Antes de que te vayas, ¿nos contarás lo que sabes de los extraterrestres? Porque eso es lo único que realmente quiero saber». Y Trump, serio, como si se supiera el comandante en jefe de una tierra encantada, le respondió: «No voy a hablar de eso, pero es muy interesante». En octubre, en plena contienda contra Biden, una periodista de Fox News volvió a la carga. Y le arrancó un compromiso: «Le echaré un buen y profundo vistazo a eso (de los ovnis)».

No lo cumplirá, claro. Tampoco lo hizo en 1976 Jimmy Carter, cuando prometió que «haré público cada fragmento de información que tiene este país sobre los ovnis y lo pondré en manos de la sociedad y de los científicos». Ni lo consiguió Bill Clinton al liberar 800 millones de páginas top secret durante su mandato –muchas más que las 188 millones desclasificadas en los quince años anteriores por sus predecesores–, y en las que apenas había referencias a los platillos.

Quizá –como dijo George Bush padre, siendo presidente, en 1989–, «los americanos no soportarían la verdad». O quizá, como se temen los incrédulos, si alguna vez hubo algo de interés la élite militar se ha encargado de «desaparecerlo». Yo no lo sé. De lo único que puedo dar fe es de que a Bill Richardson le brillaron los ojos al hablarme de Roswell. Y comprendí que para un país que se tiene por «tierra encantada», la existencia de secretos cósmicos en sus hangares o de monjas que se bilocan al far west de Billy el Niño, entran dentro de lo plausible. Esa aceptación de lo «imposible» es la que les ha llevado a poner un hombre en la Luna o a Trump a hacer planes para establecer colonias mineras en Marte.

Lo curioso –lo que verdaderamente me admira– es que esas ideas las defienden también los perdedores. Todos.

Horas después de nuestra reunión, Obama llamó a Richardson ofreciéndole la Secretaría de Comercio. Comprendí entonces el estado de alarma en que estaba su oficina. Richardson ya había sido Secretario de Energía con Clinton. Aspiró incluso a ser vicepresidente, compitiendo Joe Biden. Pero rechazó la oferta. Ese día, con sus sueños de encantamiento a las espaldas, mi interlocutor pasó a engrosar la lista de víctimas de la damnatio memoriae. Una pena. Me habría encantado visitarle en el Despacho Oval y repetido mi pregunta platillera. Ahora, por desgracia, ya es olvido. Lo dicho, pura crueldad.