La vida en tiempo real

Mirar el fuego es presenciar un espectáculo del que es imposible cansarse

NetflixLa Razón

Mientras escribo estas líneas y mientras alguien las lee, da igual cuando, hay periodistas escribiendo y, verbo tiránico y tramposo, actualizando noticias. A eso se le llama información en tiempo real. A contar votos, infectados, muertos, goles, incluso mítines y manifestaciones. Seguramente 2020 ha sido el año más irreal contado en tiempo real. El año de los conteos, recuentos, curvas y gráficas. El año de las actualizaciones, maldita sea. El año en que las cosas suceden a su tiempo pero nosotros queremos verlas ocurrir, saber antes de que acabe el día cómo se hace de noche. Y sobre todo cuánto de oscuro se va a poner.

Con las elecciones estadounidenses todo esto ha tomado cuerpo de una manera extraordinaria. Porque el tiempo real y la realidad de nuevo parecían cosas diferentes. Philadelphia podría lanzar a Biden en su remontada, ¡el condado de Clayton vota demócrata!. Arizona, Georgia y Nevada, que no le importan en términos de actualidad ni a los propios estadounidenses, eran de capital actualización en España. Sin embargo, la realidad es que la política estadounidense nos trae sin cuidado por lo general, salvo si se trata de algo en tiempo real, algo que se cuente «en directo». No nos vamos a sumergir en los problemas estructurales de desarrollo en los suburbios de Georgia, pero si se trata de ver una carrera de porcentajes en rojo y en azul nos quedamos colgados ante la gran pregunta: pero demonios, ¿cuánto tarda esta gente en contar papeletas?

Vaya expresión tramposa pero atinada la de «tiempo real» en la información. Es falso que el tiempo real de las noticias sea el verdadero tiempo real de nada, pero a la vez, de forma perversa, se constituye en ello. En cambio, irónicamente, yo no soy consciente de la vida que vivo en tiempo real. Solo comprendo lo que me sucede cuando termina el verano, cuando acabo un libro, cuando llega el lunes o, más desgraciadamente aún, mi cumpleaños. Las cosas me han sucedido, yo estaba allí, pero no las he vivido en tiempo real.

Por eso, cuando me agobia la cotización de Pfizer, el índice de contaminación del aire o los precios del diésel, me pongo la chimenea de Netflix y veo esos cinco leños perfectos arder. Dura una hora exacta, matemática, y es la pura paz. Los troncos crepitan y crujen según parece en tiempo real, y aunque sean irreales (esos leños hace muchos años que son cenizas) yo me detengo y disfruto de una hora de verdad, que se parece mucho a la realidad. Mirar el fuego es presenciar un espectáculo del que es imposible cansarse. Como ver una puesta de sol. Da igual cuántas veces lo hayas visto y en qué lugares. Y creo que a eso me refería al principio con que el tiempo real no es nunca el tiempo real.