Ante la segunda ola, menos crispación política y más estrategia común

Trabajadores de un grupo multidisciplinar de rastreadores en LogroñoRaquel ManzanaresEFE

La segunda ola de la pandemia constata la falta de control de la misma en España; una evidencia que impacta en la sociedad, en la economía y en la sanidad, creando desilusión, daño, desmoralización y crispación. El capital de prestigio y legitimidad de los médicos y otros profesionales sanitarios debe ponerse al servicio de la superación de esta profunda y compleja crisis que enfrentamos; se precisa una estrategia común, y a su consecución todos deben prestar su contribución. Para ello, se han de superar una serie de barreras: lagunas de conocimiento, marcos institucionales imperfectos, un clima político crispado, y una conciencia social inestable e inconsecuente.

En los servicios asistenciales llueve sobre mojado: la Atención Primaria se satura y desborda allí donde hay transmisión comunitaria; también los hospitales pierden capacidad de atender pacientes no-Covid. La moral de los sanitarios decae. Es posible que el Sistema Nacional de Salud no salga indemne de la pandemia, salvo que se hagan muchas cosas, rápido y bien, para corregir el rumbo.

El reforzamiento de la Salud Pública ha sido desigual y algo desalentador; el desconfinamiento ha sumido en un letargo veraniego muchas iniciativas necesarias de reforzamiento activo. No hay buena información de rastreadores ni de su actividad, pero todo parece indicar que la capacidad de trazar cadenas de contagio es muy pequeña, aunque en esto hay diferencias entre regiones. La mayor disponibilidad y tipos de pruebas diagnósticas es una buena noticia; pero no lo es su mal uso en cribados poblacionales promovidos por autoridades políticas por desinformación o por campañas de imagen; sólo cuando los test se indican en base a un previo juicio clínico o de salud púbica se puede garantizar que sean instrumentos efectivos para combatir la Covid-19.

Para que los pacientes no-Covid no sigan «despriorizados» se necesita incluir en las estrategias y planes de contingencia medidas de reforzamiento para atender el retraso que se acumula en pacientes nuevos, en el control y revisión de enfermos crónicos o en su seguimiento. Y también medidas para abordar las secuelas y problemas de salud mental que la Covid-19 está dejando y dejará en muchas personas.

La conciencia social se desorienta y desfallece ante la nueva fase de pandemia; los mensajes desde la salud pública llegan mal; la crispación política produce un clima adverso para generar confianza y adherencia; el mundo científico a veces no ayuda con la creación prematura de expectativas con investigaciones preliminares e inmaduras; y los medios de comunicación y las redes sociales amplifican en general la confusión e irritación existente y la tiñen de sensacionalismo y desmesura.

Esta situación invita y obliga a la profesión médica a dar un paso adelante en la información a pacientes y ciudadanos y nos obliga a actuar en varios planos, como son el impulso de una mejor organización de la lucha contra la pandemia, dotar de claridad a los criterios de actuación de las autoridades, y promover mejoras en el marco jurídico que sustenta las decisiones de salud pública.

Asimismo, debemos de insistir en la importancia de implementar medidas en las que hay consenso, pero no suficiente acción: la vigilancia epidemiológica («rastreos» incluidos) y el reforzamiento de la Atención Primaria son dos focos claros de problemas por omisión de actuaciones necesarias.

Otra línea de actuación debe de ser emplear el capital de prestigio y legitimidad de la profesión con mensajes basados en cambios de comportamiento que faciliten el control de la pandemia, reduzcan el daño sanitario y aminoren el coste social. Para generar mensajes a la población, éstos se han de concebir desde una actitud tolerante y abierta, buscando la coalición con otras profesiones sanitarias para potenciar el discurso.

Estos mensajes deben de contribuir a cambiar el relato para contribuir a la cohesión social (que nadie se quede atrás); no dejar atrás a los pacientes-no-Covid; dar una perspectiva temporal más dilatada para que la población se prepare a una carrera de fondo; hacer abogacía para apoyo económico de negocios y familias afectadas por las medidas de confinamiento y cierre; explicar que la forma más efectiva y eficiente de controlar pandemias es a través del «tratamiento social» más que del enfoque clínico, para dar relevancia a la contribución individual al protegerse y proteger a otros; trasladar un mensaje realista pero positivo de las posibilidades y limitaciones de la ciencia y la técnica, denunciando el sensacionalismo y la generación de falsas expectativas.