Un día en la vida de un progre
A este progre de pipeta como a todos, le encanta eso que llaman la ‘corrección política’ que actúa como adarga contra todo y es excusa para cualquier clase de censura
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En la última época del franquismo, los progres eran una minoría moderna y necesaria, personas con inquietudes intelectuales y sed de libertad. Música, filosofía, cine de autor, denuncia social... la gente abierta, valiente y en muchos sentidos transgresora que hoy conocemos como liberal. Pero no nos engañemos, ahora el progre es la hegemonía, el malpensado, el corrector, el interventor… el cortesano, donde no queda nada de revolucionario, ni de adelanto, ni diría yo siquiera progresismo.

Imagino los sueños plácidos del progre medio español, valga la redundancia, porque en la España actual no hay nada más mediano (por trivial) y regular que ser progre. Yo quisiera dormir una noche como lo hace un progre (me refiero al virtuoso moral del buenismo vacío), descansar sobre una confortable almohada de credulidad en el sistema, cerrar los ojos, sabiendo que cerca, muy cerca de nuestra camita, papá Sanchez y mamá Iglesias, trabajan hasta altas horas por nosotros y puede que mientras soñemos, alcancen a entrar y regalarnos un beso por nuestra docilidad.

Tras dulces y reparadoras visiones nocturnas ambientadas en un mundo mejor donde nadie pueda emitir una opinión divergente, donde no existan los ricos, donde no haya hombres ni mujeres, ni razas, ni animales, porque sólo existirá una forma de existencia fluida sea o no humanoide... Un progre random (del género que decida esa mañana) que hará de cicerone en la columna de hoy, se despereza.

Se levanta, se asea, echa una ojeada a su grupo antifascista de whassap (Entendamos antifascista en su acepción más actual, personas que se definen por su búsqueda desesperada de identidad e integración y que nada tienen que ver con el antifascista del s XX. Porque no tienen claro el concepto de antifascismo, como tampoco el de fascismo, ni el de socialismo, ni el de comunismo o liberalismo…)

Desayuna extraños productos que no le gustan, pero le hacen sentir menos imperialista, monta un pequeño atrezo con avena y leche vegetal (la leche animal es un abuso… “Si no es tu madre, no es tu leche”) saca una foto para su Instagram y pone a correr, sin percatarse, el marcador de la superioridad moral.

Este progre es agnóstique, aunque practica el yoga de vez en cuando y simpatiza con algunas nociones cercanas al budismo (del que no sabe nada) y con la idea de la reencarnación; de hecho, tiene una plaga de cucarachas en el piso heredado de su abuela en el que vive en Malasaña, pero se resiste a exterminarlas (suena muy facha); asimismo, ha dejado de comer carne, pescado y comer huevos, no le resulta una práctica demasiado (instagrameable) ética.

Mientras pedalea bajo la lluvia con dirección a su trabajo se entretiene repasando, a modo de oración, como cada mañana, lo humanitario y bienhechor que es: ha dormido con un pijama vegano, se ha lavado el pelo con una pastilla de champú sólido carísima e incomodísima o eso espera, porque no hay manera de diferenciarla de la pastilla de gel sólido con la que se ha resbalado y casi se parte el occipital… Pero, ¡qué demonios! de ese modo ha sorteado la compra de dos envases; qué dirían sus amigos si un día entran en su cuarto de baño y encuentran plásticos… (por cierto, fotito para Instagram_ apunta mentalmente).

Se detiene en un semáforo entre dos vehículos: a su izquierda, dos mujeres que claramente son pareja y activistas: una lleva una camiseta con la foto de kamala Harris coronada y con un cetro muy Disney. La otra luce un mensaje paralelo en la pechera, una imagen de Trump ahorcado. En el asiento de atrás, una niña de unos 6 años, atada en su sillita junto a una mochila escolar con varias chapas pro Biden, Okupa y alguna con el logo del movimiento Antifa. Sobre la boca, una mascarilla color lavanda que reza: “Sin género”.

Nuestro progre invitado las observa con ternura y satisfacción; él también ha luchado por un mundo mejor insultando en Facebook y Twitter a Trump y a todos los “fascistas” que no piensan exactamente igual que él, que es, por lo que ha visto y aprendido, lo que hacen los progres por la evolución y la construcción de la sociedad democrática.

Mira a su derecha y… Horror: ¡¡Un facha haciendo cosas de fachas!! Lleva en su coche una caterva de niños chillones y uniformados de todas las edades que parecen sus hijos (hipersexual, católico y negacionista); va de traje y corbata, peinado de pulcra raya al lado (heteruzo capitalista) y escucha la Cope. Ese hombre (franquista) se gira y le sonríe gentilmente a través de la ventanilla, pero nuestro progre recoge esa mueca como una burla desde la superioridad de un coche al pobre ciclista bajo la lluvia (los progres, seres hiper-alerta, prestos a ofenderse).

Se entristece y busca la visión dichosa de las lesbianas de la izquierda con pequeña adoctrinada consumidora de tofu pero el semáforo se pone en verde y arrancan.

El todoterrerno del heteropatriarcal (ese que mantiene cinco niños que después pagarán su pensión, su analgésico de marihuana y su ensalada de kale) se aleja velozmente, aunque para nuestro progre ya estaba muy lejos… en ese lugar donde comen carne y piropean a las mujeres llamado extrema derecha. En cualquier caso, el enemigo. Aviva el ritmo de su pedaleo denigrándolo en su mente: machista, homófobo, racista…

A este progre de pipeta como a todos, le encanta eso que llaman la ‘corrección política’ que actúa como adarga contra todo y es excusa para cualquier clase de censura.

_Puff _ piensa en alto_ ¡cuántos litros de leche robada a una vaca llegarán cada semana a la casa de este comecarne!

Piensa en la victoria de Biden, y en la dulce voz de nuestro bello presidente, de ojitos dormilones y, de pronto, se sabe feliz, reconciliado con el mundo y sus gentes… Respira satisfecho sabiéndose en el buen camino y disfruta de lo que más les gusta (más aún que la leche de almendras) porque le confiere vida e identidad, porque lo necesita para existir y redimirse, un buen “fascista”.