Voy a contarles una bonita historia ocurrida entre el 8 y el 12 de enero entre La Gomera y Tenerife. Si lo recuerdan, el 31 de ese mes, se notificaba el paciente cero Covid en España y fue un turista alemán que a los quince días estaba como una rosa. El día 8 llegaba servidora a Canarias y se desplazaba a La Gomera en uno de esos avioncitos que, cuando sopla el viento, te proporciona un aterrizaje bastante divertido. Durante el viaje y, de golpe, tos, mucha tos, muy fuerte. Y fiebre. De pronto tos y temperatura alta. Aquella noche no salí a cenar. Me quedé en el hotel y comí algo en el comedor. Cené mal porque nada me sabía a nada y pasé una noche de perros. Al día siguiente trabajé como pude, con mucha fiebre de nuevo, y nos marchábamos a Tenerife. En el ferry no puede pasarlo peor. Me era imposible dormir aunque iba tumbada y deliraba. Decía cosas inconexas y me dolía profundamente el pecho. Me metí en un hotel y allí permanecí dos días, sin salir, sin caminar, sin comer, con el estómago de pena. La tos seguía siendo fuerte y me dolía mucho el lado izquierdo. El domingo tomé el avión de vuelta a Madrid. Llegué a mi casa y ni siquiera tuve fuerzas para ir a un hospital y, cuando lo hice, fui diagnosticada de una «infección aguda de las vías respiratorias» y una «rotura de fibras musculares» a la altura de las costillas de tanta tos. Les cuento esto porque ahora Sanidad reconoce que hubo casos de coronavirus desde el 1 de Enero sin diagnosticar como tal. Y tiene razón Fernando Simón cuando dice que, entonces, no se hacían pruebas ni existían. Ponerle fecha al bicho es inútil. Cuentan en algunos hospitales que desde octubre del año pasado ya llegaba gente con gripes muy raras. Déjense de calendarios pasados que lo que necesitamos es futuro. Y cuando llegue la vacuna, que me avisen. Quiero una en cada brazo.