El «V-Day»

Se recordarán los fallecidos, pero no los errores que expandieron la pandemia

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Vivimos en un mundo bautismal. El capitalismo se apropió del rito eclesiástico y ahora nos colma el calendario con sus ritos consumistas para contrarrestar los tradicionales Advientos y su predicación de humildad y sencillez, sobre todo en esta campaña de Navidad, que los empresarios del turrón están temerosos de no vender un solo mazapán. La ciudadanía tiene el alma escindida entre dos almanaques, que son como dos credos: el heredado de la Iglesia, con sus festividades de recogimiento, y el de las ofertas y las demandas, con sus fines de semana de centro comercial. Así nos balanceamos entre esas dos polaridades, la sagrada y la pagana, que suponen los descuentos del Black Friday y la Nochebuena; el día de San Valentín y el Viernes Santo; las rebajas de junio y el día de la Comunión. El hombre es un animal de fe y cuando no la tiene en los Evangelios, la deposita en la Visa.

Esto de ir renombrando los días y las noches va haciendo del calendario un lugar muy concurrido de celebraciones, onomásticas, festejos, homenajes y demás filacterias sociales. Uno no tiene demasiado claro este afán de convertir el anuario en una especie de agenda social que comienza a agobiar. Hemos pasado de marcar el comienzo de la vendimia a apuntar efémerides sin demasiado relieve, pero que contenta mucho a la peña, aunque de dudosa trascendencia vital.

Esta contaminación de las fechas corrientes nos obliga a consultar cada semana qué se conmemora, porque uno anda perdido entre el día de la Hispanidad, la Inmaculada, la Constitución, el día del padre, el Blue Monday, el Prime Day de Amazon o la Superbowl, que, para muchos, es más sagrado que todo lo anterior. Lo que empieza a ocurrir es que ya escasean días sin un nombre y al paso que avanza el asunto, vamos a tener que contratar ingenieros para que nos dupliquen el calendario pero ateniéndose a los 365 días vigentes.

Esto nos deja la radiografía urgente de que las personas somos seres de liturgias más que litúrgicos, y, como señalaría Nietzsche, con una propensión al eterno retorno. Al Homo Sapiens que somos le gusta la repetición, volver a donde ya ha estado, porque probablemente le aporta una sensación de seguridad, de mundo en orden, aunque el mundo nunca haya estado en orden. Ahora habrá que anotar un evento nuevo, el «V-Day», el día de la vacunación, porque también somos nostálgicos y nos gusta evocar las victorias, aunque detrás de ellas se escondan descalabrantes derrotas. El «V-Day», olvídense de la traducción al español, los ingleses se han adelantado de nuevo, vendrá a ser como un Pearl Harbor mundial, en el que se recordarán los fallecidos, pero no los errores que expandieron la pandemia, porque los seres humanos son así, emocionales, pero olvidadizos.