La vergüenza de la ley Celaá

Es una lástima que los ministerios de Educación y Universidades no tengan titulares con altura política y una idea clara de lo que necesita España

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No me parece mal que una ley se apruebe sin contar con la oposición. Es cierto que es mejor negociarla para lograr un amplio apoyo, pero no siempre es posible y menos aún en un país tan frentista como el nuestro. Otra cosa muy distinta es la educación. Es una materia en la que deberían coincidir, como mínimo, todos los grandes partidos. No puede ser que sea, una vez más, el resultado de la imposición de la minoría gubernamental y sus socios de investidura.

Estamos ante un proyecto ideológico que se enmarca en una estrategia de adoctrinamiento o de reeducación de la sociedad para que esté formada por buenos ciudadanos de izquierdas y algunos desorientados de derechas. Los socialistas no tienen las prisas de los comunistas, pero hay que reconocer que cada vez que gobiernan siguen con su ingeniería social y luego el PP mantiene lo que se encuentra. Es verdad que no sucede así en la educación, ya que cada gobierno cambia la ley. Es lo mismo que sucede con la universidad que introdujeron reformas para conseguir ser catedráticos con facilidad.

A la izquierda le gusta igualar por abajo. No importan ni el mérito ni la capacidad. Nada mejor que los aprobados generales, pasar de curso sin esfuerzo y que las asignaturas sean facilonas. Ahora tenemos el desastre de la ley Celaá, donde cualquier aspecto positivo queda eclipsado por lo abrumadoramente mala y deleznable que resulta. Es un monumento al sectarismo educativo y la arrogancia de una izquierda dogmática formada por pijos de las clases medias y altas. La ventaja de ser acomodados y poder vivir en los barrios ricos es que resulta irrelevante la elección del itinerario educativo, porque se pueden pagar las escuelas y universidades privadas más caras.

En cierta ocasión, hablaba con uno de estos profetas del sistema público y al preguntarle dónde había estudiado me indicó una prestigiosa universidad estadounidense. Era un antisistema al que el sistema había ofrecido todos los privilegios posibles y, como le dije, lo mismo que a todos los españoles. Me daría vergüenza que una ley como la de Celaá llevara mi nombre, porque rezuma, como la eutanasia, una concepción sectaria. Es triste. Su duración se reducirá al tiempo que dure el gobierno socialista-comunista, porque cuando llegue el centro derecha la tirará a la papelera. Me temo que se repetirá el proceso y le tocará al PP imponer su modelo. Es una lástima que los ministerios de Educación y Universidades no tengan titulares con altura política y una idea clara de lo que necesita España.