Poder absoluto

Desde hace tiempo se advierte un cansancio de las autoridades norteamericanas en cumplir con el papel de guardián de la comunidad internacional

Shafkat AnowarAP

El asalto al Capitolio podría interpretarse como un signo de que comenzó la decadencia de EE UU en la escena internacional. El hecho tiene una gran trascendencia para la imagen internacional y la capacidad de debilitar la posición norteamericana en determinados asuntos internacionales. El regocijo indisimulado de quienes se oponen a la política de Washington es una prueba fehaciente de que en nada le benefician a EE UU sucesos de este tipo.

Las consecuencias en el orden interno serán severas pero, también, se alimentaran efectos negativos en las externas. Desde hace tiempo se advierte un cansancio de las autoridades norteamericanas en cumplir con el papel de guardián de la comunidad internacional y, con mayor frecuencia, se observa que en EE UU no están dispuestos a participar unilateralmente en la solución de controversias internacionales. El poder casi absoluto, que se prefiguró tras la caída del Muro de Berlín, se ha ido difuminando y el camino que se avecina tiende, sobre todo, a que las autoridades se ocupen más de los asuntos domésticos.

Entretanto, se va configurando y afianzado un orden mundial diferente en el que, infortunadamente, se debilitan y deterioran valores que estaban bien asentados, como la democracia. La comunidad internacional tolera y acepta, quizá con resignación, que países que carecen de un régimen democrático señalen las líneas y pautas que deben marcar la cooperación internacional en los próximos años y se admite sin reservas que estos países están llevando a cabo una política acertada en la escena internacional, como es el caso de China.

Los equilibrios necesarios no se pueden lograr con el sacrificio de los principios que resultan esenciales como la democracia y el respeto de los derechos humanos. La balanza debe inclinarse de manera imprescindible en favor de estos.