Castillejo y el error de los liberales

Un miembro del hemiciclo vota por la elección de miembros del Consejo de Administración de la Corporación RTVE durante una sesión plenaria celebrada en el Congreso de los Diputados, en Madrid, (España), a 25 de febrero de 2021. El pleno, marcado por la elección de la Corporación RTVE, contará también con el debate sobre dictámenes de la Comisión de Asuntos Exteriores sobre Convenios internacionales y sobre un proyecto de Ley por la que se aprueban medidas urgentes para la modernización de la Administración Pública y para la ejecución del Plan de Recuperación, Transformación y
Resiliencia.
25 FEBRERO 2021;RTVE;CONSEJO;CONGRESO;SESION PLENARIA
EUROPA PRESS/E. Parra. POOL
25/02/2021
Un miembro del hemiciclo vota por la elección de miembros del Consejo de Administración de la Corporación RTVE durante una sesión plenaria celebrada en el Congreso de los Diputados, en Madrid, (España), a 25 de febrero de 2021. El pleno, marcado por la elección de la Corporación RTVE, contará también con el debate sobre dictámenes de la Comisión de Asuntos Exteriores sobre Convenios internacionales y sobre un proyecto de Ley por la que se aprueban medidas urgentes para la modernización de la Administración Pública y para la ejecución del Plan de Recuperación, Transformación y Resiliencia. 25 FEBRERO 2021;RTVE;CONSEJO;CONGRESO;SESION PLENARIA EUROPA PRESS/E. Parra. POOL 25/02/2021EUROPA PRESS/E. Parra. POOL Europa Press

El notable libro de José Castillejo «Democracias destronadas», escrito durante la Guerra Civil, para explicar el fracaso de la República y la democracia, no solo carga contra fascistas, comunistas y socialistas, sino también contra liberales: «El liberalismo se dio cuenta de que manteniéndose firme en sus principios rápidamente menguaría como fuerza política», sin percibir que las concesiones hechas «al socialismo bajo una democracia corrían el riesgo de alejarse de los principios liberales».

Ignorando que «el mayor peligro de la democracia podría ser precisamente el gobierno democrático», los liberales abrazaron la solución mixta británica del régimen parlamentario, que no acabó de cuajar, porque «la intervención estatal es la panacea moderna y al mismo tiempo el callejón sin salida de nuestros problemas sociales». Los socialistas, por su parte, no entendieron que «el destino de las democracias depende de que admitan que la libertad individual, los principios de la justicia y la continuidad legal están por encima de la soberanía colectiva. La libertad puede existir sin democracia, pero la democracia sin libertad no».

Estas palabras siguen siendo válidas hoy: «La verdad, la justicia, la moral, no pueden medirse en votos». Por supuesto, tampoco es cierto que la mayoría siempre esté equivocada, pero «si la democracia es una lucha por el poder y el triunfo de los más aptos, y los gobernantes tienen a su merced la riqueza y las vidas de los ciudadanos, incluso un Parlamento pasa a ser simplemente el amo de un rebaño de seres humanos; todos los grupos intentarán controlarlo o destruirlo. La lucha por el poder o contra el poder será también más feroz cuanto más amplio sea el ámbito de funciones que integre el Gobierno».

Pocos ponderaron este riesgo, igual que pocos lo ponderan hoy. Y en nuestro país, «la República, en vez de restaurar la legalidad rota, preparó una nueva y más seria violación: la impunidad desafiante del Parlamento». Los poderosos de todos los partidos se encaminaban hacia un análogo horizonte antiliberal: «Aniquilaron los derechos de los ciudadanos».

Evitar dicha aniquilación es la clave del liberalismo, que describe bien Castillejo en esos años terribles: la defensa de una política honrada, con «una considerable limitación de lo que un gobierno puede hacer sin unanimidad. Esto explica la permanencia del régimen democrático en Inglaterra y su fracaso en España y otros países».