Hasel y la jet

Equiparar los delirios de un berzas megalómano con el arte nos llevaría al definitivo abandono del discernimiento, a difuminar cada vez más la línea que delimita lo patológico de lo sano

Hasel y la jet
Hasel y la jetRaúl

Así, malencarados en avenidas, los acólitos de Hasel, inyectan en la médula del orbe el atávico funcionamiento de la tribu. Son homogéneos en proclamas y vestiduras. Se las rasgan por la libertad de expresión, dicen. Y todas las camisas rotas ya ennegrecidas –el blanco adquiere mácula tras días de lucha– acaban siendo un trampantojo ante la realidad del sarao: los nuevos pijos ahora se presentan de esta guisa; con aire de insurrecto trasnochado y ganas de quemar contenedores.

El adoquín se arroja, indistintamente, contra policías y tiendas caras. Hay algo de familiar en el acto, algo de rabieta contra las normas domésticas durante la infancia. Hay algo freudiano, una rabia contenida que explota selectivamente ante los objetivos que la extrema izquierda señala con su dedo admonitorio.

El fondo es aún más grotesco que la manifestación estética de la cosa. Es un engrudo mal digerido de tonterías aún en el limbo teórico aplicadas a la realidad con la rígida violencia del pater familias. Así es la nueva jet-set; severa en la bobería, aleatoria en el daño.

Los chicos fresa de la nueva revolución pijo-dañina llevan, entre charlotada y puño en alto, dos semanas a machamartillo con la pesadez de un niño insufrible. Las hordas campan como una exhalación pestilente por las arterias de Madrid y Barcelona, poniéndose en la boca la «libertad de expresión» y la «libertad de creación artística».

La libertad de expresión y el libre ejercicio de la vileza

Los derechos no son fuentes infinitas donde mana cualquier amparo a la lesión de lo ajeno; su extensión ilimitada puede llegar a fusilar el propio bien jurídico que protege. ¿Puede la libertad de expresión, en su más desviada manifestación, coartar la libertad de expresión ajena? ¿Qué ocurre con el honor de los demás, con su integridad personal y/o pública? ¿Pueden las instituciones del Estado lesionarse cuando públicamente se las vilipendia, con total gratuidad?

No obstante, no asistimos, en el fondo, ante un conflicto sobre los límites de la libertad de expresión, sino a un dilema sobre el libre ejercicio de la vileza, sobre si la sociedad ha de poner coto a la objetiva manifestación pública de la villanía, dizque de la idiotez. El fondo es ese: ¿estamos dispuestos a que el villano conviva con nosotros con total impunidad? Estamos ante una verdadera prueba de tolerancia a son de cutre-rap.

También, de paso, y como casi siempre, reluce la fractura sempiterna en cualquier Estado; la producida entre el individuo y el colectivo. ¿Ha de limitarse un derecho individual en aras de proteger un supuesto bien jurídico común, como el de la integridad de la Corona? Juzguen.

¿Creación artística?

Lo que sí enarbolan los fanáticos de este puericantor es que también se transgrede el derecho de creación artística, como manifestación cualificada de la libertad de expresión. Y por ahí sí que no deberíamos pasar. Aceptar ese trágala ya sí nos daría la prueba, la evidencia empírica de que afrontamos nuestra decadencia como nación. Asumir que estamos ante un artista nos llevaría a atribuirle el mismo marbete que a Cervantes, el mismo que a Umbral y Dalí, que a Luis Alberto de Cuenca y Pere Gimferrer.

Equiparar los delirios de un berzas megalómano con el arte nos llevaría al definitivo abandono del discernimiento, a difuminar cada vez más la línea que delimita lo patológico de lo sano, el bien del mal, a verdugos de víctimas.

Una sociedad que entiende la producción nauseabunda de Pablo Hasel como arte es una sociedad enferma, una sociedad que no merece paliativo y que se adentra con ahínco en el guano, en una profunda ciénaga moral e intelectual.

Hasel y la jet

Pablo Hasel no es un artista, ni siquiera ha hecho del odio un noble y estilizado ejercicio estético. Hasel es simplemente un reflejo aspiracional de la nueva jet-set; un hervidero de adultos infantilizados que muestran impotencia ante su incapacidad para entender la realidad, aderezado con el mesianismo y grandilocuencia de los que creen en un cometido superior.

Las calles ahora conviven con el capricho arbitrario de la nueva jet, que duerme la resaca de su vandalismo y desquiciada iniquidad mientras los curritos –su reflejo especular– caminan hacia la oficina soportando el hedor de neumáticos quemados y apartando los cristales de lunas rotas. Laboran con resignación, nos dignifican sin grandes alardes, con el poco ruido del que hace lo que tiene que hacer; ese sublime cometido intramundano.

La noche aguarda y con ella el espectáculo de una nación rota, su arte dormido y el ruido-música de lo nefasto, una vez más, escribiendo otra página negra en nuestra historia.

Pablo Capel Dorado es director de la revista Economist & Jurist. Jurista, politólogo y máster en comunicación política