Diez años del 15-M

Lo que consiguieron no fue acabar con el PSOE, sino que el PSOE se podemizara

Diez años después del 15-M, la retirada de Pablo Iglesias de la vicepresidencia del Gobierno central a una problemática candidatura a presidir la Comunidad de Madrid indica bien los resultados de todo aquello. Podían haber sido otra cosa, sin duda alguna. Son lo que son. En lo que tenía de repetición y parodia del 68, con sus asambleas al aire libre y la ocupación de los espacios públicos, la revolución antiautoritaria ya estaba hecha, y a qué precio, por los padres y las madres –a veces los abuelos– de los allí presentes. Se podía innovar con una nueva vuelta de tuerca ideológica e intentar recuperar para la izquierda –ahora woke– todo aquello.

Es lo que se ha hecho, con éxito importante pero precario, a partir de unas bases intelectuales endebles. Lo nuevo ha venido de la extraordinaria capacidad para suscitar una respuesta articulada y consistente, como nunca antes se había producido, menos aún a tal escala. El monstruoso aparato dogmático surgido de la ideologización partidista de la rebelión del 68 ha dejado de ser indiscutible. El 15-M aceleró esta tendencia. En parte, la caída en desgracia de Iglesias está relacionada con esta evolución. Lo que tenía de revolucionario, como si la revolución no estuviera ya hecha, se ha quedado en una pelea doméstica entre personas que no distinguen lo privado de lo público, ni siquiera las pulsiones –se podría decir de otra manera– de los intereses. Si lo personal es político, nunca lo habrá sido tanto como en el Podemismo y aledaños.

En lo estrictamente político, la organización de Iglesias, que venía a regenerar la izquierda, ha conseguido lo que quería… pero a su costa. Habrá quien le agradezca la generosidad, que no lo es del todo porque casi todos los protagonistas de aquel anhelo purificador gozan hoy de sueldo y cargo público. Sea lo que sea, lo que consiguieron no fue acabar con el PSOE, sino que el PSOE se podemizara. Le han hecho asumir como propia –y con alegría, lo que resulta aún mejor– la ideologización radical que enarbolaban como bandera. Como era de esperar, el PSOE ha acabado convertido en una organización más dependiente que nunca de los apoyos externos, en particular de los independentistas de toda laya y condición. Hay un arte propiamente socialista de camuflar esta realidad, tan cruda, de talante y voluntad de diálogo. Y hay una parte del electorado, sobre todo entre las elites académicas e intelectuales, que sigue comulgando con esta puesta en escena. Crece sin embargo aquella otra parte de la opinión pública para la que el socialismo español, ahora podemizado, se ha convertido en uno de los principales obstáculos para la convivencia, la estabilidad y la prosperidad de los españoles. Y esto se refleja tanto en el surgimiento de un nuevo partido (VOX) como en la necesidad, para el PP, de tomar decisiones distintas y articular propuestas innovadoras, acordes con lo ocurrido en los últimos diez años. El 15-M, como se ve, ha dado muchas vueltas.