Los amos del mundo

Es la dictadura del relativismo, que no reconoce ninguna verdad

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Ante la degradación ética y moral de aplaudir el considerar una conquista poco menos que heroica, la de promover la muerte y el suicidio asistido para los más vulnerables de la sociedad, por contraste brillan con más fuerza otros testimonios de humanidad y generosidad.

Personas diversas, santos de la «puerta de al lado» –como los denomina Francisco– para destacar que son héroes anónimos en sus vidas corrientes; mujeres, hombres y niños «de pantalón corto», que con su manera de afrontar la muerte, dan testimonio luminoso de su certeza de que ésta «no es el final», sino el nacimiento a una nueva vida, en la que no habrá «llanto, ni rechinar de dientes».

La cultura de la muerte es la que impulsa leyes como las que están siendo aprobadas por nuestros legisladores, entre entusiastas autoovaciones que se dedican a sí mismos. Es la dictadura del relativismo, que no reconoce ninguna verdad ni bien como absolutos, salvo –claro está– los dogmas impuestos por ellos mismos, no susceptibles de discusión u oposición, a riesgo de asumir las consecuencias de ser expulsado a las tinieblas exteriores del sistema por homófobo o ultra, y ser procesados por delito de odio.

Es el perímetro de la corrección política, que tiene los muros de sus fronteras establecidos en el aborto, la eutanasia y la ideología de género: ellos definen quiénes y cuántos pueden nacer y cuándo deben morir. La familia natural es el gran obstáculo para culminar su plan, y contra ella están los que creen ser los amos del mundo.