Por el mismo camino

Tras el falso pietismo que rezuma la ley no hay sino un designio ideológico proeutanásico como fue y es proabortista la del aborto

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El Diario de Sesiones del Senado de 24 de febrero de 2010 dice esto: «(Fuertes y prolongados aplausos de las señoras y señores senadores del Grupo Parlamentario Socialista, puestos en pie)».Once años después, en el Diario de Sesiones Congreso de los Diputados de 18 de marzo de 2021 consta esto otro: «(Prolongados aplausos de las señoras y los señores diputados de los grupos parlamentarios Socialista y Confederal de UnidasPodemos-En Comú Podem-Galicia en Común y de la señora ministra de Sanidad, Darias San Sebastián, puestos en pie)».

Fuertes y siempre prolongados aplausos, y ¿qué aplaudían?. En 2010 la aprobación de la vigente ley del aborto, la que afirma que una madre que acaba con la vida del hijo que espera ejerce un derecho, es más, reafirma su dignidad de mujer; y en 2021 la ley de eutanasia. Dos hitos en la “cultura de la muerte” que levantan aplausos en nuestros legisladores, dos leyes que permiten matar al ser humano más débil y cuando más protección merece: al inicio de la vida y al fin. Para más ironía, la ley de la eutanasia léase suicidio asistido, o ley del homicidio piadoso- se publicó en el BOE del 25 de marzo, justo el Día de la Vida.

Desde que en 1985 se aprobó la primera ley del aborto se contabilizan casi dos millones de vidas destruidas, sin contar los incontables “otros abortos”: los de la píldora del día después o la destrucción de embriones humanos en sus diversas formas. La ley de la eutanasia empezará a rodar el 25 de junio y cabe vaticinar un desarrollo expansivo parecido. Me explico. La del aborto pasaba por ser la ley más restrictiva de Europa y España acabó erigiéndose en paraíso del “turismo abortivo”, según el Consejo de Estado. La reforma de 2010 legalizó las trampas que nos otorgaron ese infame título y garantiza ya la impunidad al negocio abortista.

La ley de la eutanasia presenta sobre el papel un procedimiento lleno de cautelas, plazos y pasos que hay que agotar y que pueden llevar a exigir la intervención judicial si se deniega. Pero si con el aborto una ley restrictiva -recuérdese, era la más restrictiva de Europa- llevó al paraíso abortivo, otro tanto cabe vaticinar para esas cautelas de la ley de la eutanasia: si la experiencia de los países eutanásicos así lo presagia, imagínense en el país de la picaresca.

En el caso del aborto la trampa vino de dos formas: derogando todas las normas que en los primeros momentos pretendían evitar el abuso y, después, simplemente, mirando a otro lado, dejando hacer: así es como el peligro para la salud psíquica de la madre dio lugar al aborto libre. En el caso de la eutanasia los vaporosos conceptos de “padecimiento grave, crónico e imposibilitante” o de “enfermedad grave e incurable” vaticinan una senda de laxitud de la mano de un nuevo médico proeutanasia, especializado en suicidar o sugerir el suicidio o presumir el deseo o juzgarlo pertinente.

Tiempo habrá de analizar con más detalle esta ley, una ley impuesta a golpe de mayoría parlamentaria, sin debate, ignorando el parecer, al menos, de la comunidad médica simplemente porque su opinión es mayoritariamente discrepante. Añádase que se han evitado informes o dictámenes que, al margen de que fuesen preceptivos o no, habrían sido en todo caso aconsejables: se estaba ventilando, nada menos, que una ley que permite acabar con la vida de las personas. En fin, ese querer colarla sin más ruido que los aplausos parlamentarios llega al punto de esconder cual será su alcance al ordenar que las muertes eutanásicas se computen como naturales.

Con esta ley el Estado dice que si enfermamos o padecemos física o anímicamente no se compromete ni se esforzará para paliar el sufrimiento, y en su lugar nos ofrece el suicidio como derecho. Tras el falso pietismo que rezuma la ley no hay sino un designio ideológico proeutanásico como fue y es proabortista la del aborto, ambas tributarias de una concepción utilitarista de la vida y con un mismo objetivo: desdibujar la idea de persona y su dignidad. Inoculada esa idea, lo siguiente es suprimir la idea misma de persona de la mano de la ideología de género.

José Luis Requero es magistrado