Díaz Ayuso y los impuestos justos

Por eso aquí el problema son los youtubers que se marchan a Andorra y no los millones de mujeres trabajadoras que pagan cada vez más impuestos.

Isabel Díaz Ayuso insistió en la campaña electoral en identificar a la derecha con la reducción de impuestos. Fue un acierto, porque la izquierda deplora que vivamos bajo sistemas fiscales injustos, pero no porque paguen mucho las mayorías. Para los progres que pontifican desde la academia, los medios, la cultura y la política, la injusticia fiscal estriba en que los ricos pagan poco.

Warren Buffett protestó porque él pagaba relativamente menos impuestos que su secretaria, pero no se le ocurrió proponer que bajara la fiscalidad de las trabajadoras. Se limitó a pedir que subieran los impuestos a los ricos, ante la infinita alegría de la corrección política. El buenismo predominante, en efecto, necesita centrar la atención en los ricos, desdeñando siempre a los pobres. Por eso aquí el problema son los youtubers que se marchan a Andorra y no los millones de mujeres trabajadoras que pagan cada vez más impuestos.

Más aún: se nos asegura que por culpa de los ricos la democracia está en peligro, cuando democracia significa libertad de elegir, y la mayoría de las trabajadoras no quieren pagar más impuestos. El poder y sus acólitos las ignoran, promueven sistemas tributarios cada vez más gravosos, pero dicen que el problema radica en que algunos todavía no pagan lo suficiente. Hablan solo de los ricos, pero apuntan al pueblo.

Es el mismo cuento de la amenaza de la desigualdad, como si fuera malo que mi vecina sea cada vez más rica que yo. No es mala la desigualdad, mientras no sea fruto de la corrupción y el robo.

Los socialistas de todos los partidos, al tiempo que claman por una supuesta justicia fiscal que hostiga a la gente corriente, se declaran entusiastas igualitarios, cuando pretenden socavar la igualdad compatible con la libertad, que es la igualdad ante la ley, identificando la justicia con la igualdad impuesta por la ley.

Al ser esto incompatible con la libertad de las mujeres, los antiliberales lo encubren con bonitas palabras, como denunció el profesor Charles Lipson: “En vez de plantear abiertamente su posición, los partidarios de la nueva igualdad distorsionan sus argumentos para ocultar su objetivo radical de re-fabricar la sociedad mediante la coerción. Si los resultados son malos, como inevitablemente lo son, el remedio será obvio: más dinero, más regulación y más adoctrinamiento”.