Sánchez, del plasma a la realidad
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Si alguien hubiera afirmado que unas elecciones autonómicas adelantadas y para escasamente una legislatura de dos años, iban a provocar un seísmo en la política nacional como el producido el martes pasado, se le hubiese calificado –y con fundamento– de iluso o visionario.

Lo sucedido demuestra que las predicciones tienen en este momento el mismo valor que los sondeos de Tezanos, que ha dejado el antaño solvente CIS hecho un guiñapo, como a la FSM.

Solo se necesitaba de una oportunidad para que se expresara la conjunción de la fatiga general de un año de pandemia, con una gestión manifiestamente mejorable de un Gobierno –el del «abrazo»– de Sánchez e Iglesias, volcado en la lucha contra un fascismo imaginario, entregado a los separatistas republicanos y Bildus, carente de la más mínima credibilidad en sus compromisos, en sus proyectos y en su capacidad para liderar la imprescindible recuperación económica y social. Las elecciones de Madrid han concedido esta oportunidad, con Sánchez de virtual candidato socialista e Iglesias de candidato real, y además para unos ciudadanos que han vivido en carne propia una eficaz gestión de la pandemia alternativa a la suya, que se ha acreditado errática e incapaz.

Es tan evidente que la estrepitosa derrota socialista es, en realidad, una hecatombe sanchista que, casi una semana después, Pedro Sánchez aún no ha abierto la boca, ni en Moncloa, ni en Ferraz y ni siquiera en la cumbre europea de Oporto. Ha sido una inmersión forzada del plasma a la realidad.