Elogio del efectivo

Conviene más que nunca luchar para que la apisonadora gubernamental no nos pase por encima: el dinero en efectivo es libertad, es privacidad y es competencia.

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Los distintos gobiernos occidentales llevan años limitando el uso del dinero en efectivo. El último movimiento en esta dirección lo ha dado el Ejecutivo español al restringir los pagos de particulares a profesionales a los 1.000 euros. Para todo lo demás, los pagos deberán efectuarse mediante medios electrónicos, esto es, a través del sistema bancario. Parece que el espíritu de los tiempos vaya justamente en este sentido: en el de ir prescindiendo del efectivo por ser un método de pago caduco que sólo protege a los agentes que actúan dentro de la economía sumergida. Pero, frente a esta campaña política y mediática de acoso y derribo contra el efectivo, es necesario reivindicar el rol y la dignidad de utilizar el dinero metálico sin presuponer que uno es un delincuente o que va a cometer algún tipo de activo ilícito. Por un lado, y de manera muy remarcable, el efectivo proporciona privacidad a su usuario: es posible pagar y cobrar sin que nadie, más allá de las partes implicadas, sea conocedor de la transacción. El motivo por el que suele pensarse que uno no desea dejar rastro de sus movimientos es para escapar del control del Fisco: pero no es siempre así. Uno también puede querer ocultarse de la mirada de bancos o gobiernos para proteger su seguridad frente a posibles represiones futuras: imaginemos, por ejemplo, que alguien esté financiando un medio de comunicación incómodo para las élites políticas y financieras, y que desee evitar las posibles represalias por ese desafío antioligárquico. O simplemente porque uno quiere vivir su vida sin que otros conozcan cada paso que da. Por otro lado, además, el efectivo también permite navegar por las aguas de la economía sin pasar por las horcas caudinas del sistema bancario: si se termina eliminando el efectivo, seremos usuarios forzosos de los servicios bancarios, con todo el riesgo de abuso que ello puede comportar (por ejemplo, los tipos de interés negativos a costa de los ahorradores). En definitiva, en estos tiempos en los que defender el dinero en efectivo es remar contracorriente, conviene más que nunca luchar para que la apisonadora gubernamental no nos pase por encima: el dinero en efectivo es libertad, es privacidad y es competencia.