¿Merecemos perder Cataluña?
La Historia nos muestra que los indultos, cuando se guían por el afán de concordia para superar las fracturas, son útiles
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Aplicar el indulto a los políticos presos no es un acto de justicia, ni de buena voluntad, ni de perdón; es un acto de Estado que sirve entre otras cosas para constatar el fracaso de la vía unilateral, confirmando que no se doblegará ante un nuevo desafío rupturista.

El problema del indulto es que no se puede conceder sin una estrategia, porque como acto político, debe tener claro el objetivo final del indulto. Tal vez el relato que se está transmitiendo desde el Gobierno y de los medios es de la rendición ante el separatismo, pero esta sería la peor clase de estrategia. El Estado debe estar capacitado para generar un beneficio a largo plazo, y el principal de los beneficios en este caso es desarmar el «proces» eliminando los argumentos divisorios y desinflamar la herida que sigue supurando en perjuicio de la concordia entre los catalanes y los españoles.

Conceder el indulto sin que lo hayan solicitado los condenados y en contra del criterio de tribunal sentenciador es algo excepcional, pero la medida de gracia del Gobierno va a quedar limitada a la pena de prisión, manteniéndose la condena por inhabilitación, es decir, por el delito de desobediencia. Finalmente, hay otras dos variables a tener en cuenta. Primero, que el indulto no va a ser exactamente el mismo para cada reo, pues cumplen penas diferentes. Y, segundo, bien podría ser que el indulto estuviera condicionado a no volver a cometer hechos similares.

Desde la más absoluta firmeza en la defensa del marco constitucional, el indulto no debería ser una connivencia ideológica o política con los condenados, ni compartir mínimamente los fines o los medios que les movieron a actuar en la forma descrita por la Sentencia que los condena. El indulto es la vía más eficaz y rápida para que los políticos y activistas presos dejen de generar un clima de elevada emotividad que impide la normalización de la vida política y el avance en la resolución racional del conflicto. El indulto es una medida plenamente constitucional reservada a los gobiernos de los países democráticos y además se produciría después de largo tiempo en prisión. Los que hemos exigido el respeto a la Constitución durante años tendremos que recordarles nuestro derecho a pensar que este instrumento de gracia, existe justamente en la Constitución para aplicarlo cuando las circunstancias lo aconsejen.

La Historia de las naciones nos muestra que los indultos, cuando se guían por el afán de concordia y entendimiento para superar las fracturas del pasado, son útiles. Escribía el vasco Unamuno a Azorín en 1907: «Merecemos perder Catalunya. Esa prensa madrileña está haciendo la misma labor que con Cuba. No se entera». Perderemos Cataluña si hay un empecinamiento en convocar manifestaciones en Madrid, instando a la recogida de firmas en toda España contra «los catalanes» o emprendiendo una campaña de acoso y señalamiento a los que consideremos que el perdón es el primer paso para ganar Cataluña. Indultar a los políticos condenados eliminaría un concreto elemento de conflicto, haciendo más fácil la reconciliación y la convivencia entre ciudadanos y entre administraciones, restableciendo la convivencia y la reconciliación, contribuyendo a cerrar una etapa que se ha caracterizado por el alto nivel de confrontación y eliminaría el relato de persecución, que los separatistas propagan.

No merecemos perder Catalunya.