La isla de la libertad

Si Pedro Sánchez está en el gobierno, es gracias a quienes deben su existencia al populismo comunista promovido desde Cuba y financiado desde Venezuela

La RazónLa Razón

En el origen de los disturbios iniciados en Cuba el domingo 11 de julio está el Decreto 349. Fue el primero que firmó en 2018 Miguel Díaz-Canel, actual titular del gobierno de la dictadura cubana, e instauró el control de la libertad artística y de expresión sometiéndola a la autorización previa de las autoridades políticas. El famoso Decreto 349 suscitó un muy amplio rechazo entre artistas e intelectuales cubanos. Está en el trasfondo del ya famoso grupo Movimiento San Isidro, uno de los protagonistas de la revuelta actual gracias a sus propuestas artísticas y más en particular a “Patria y Vida”, que se ha convertido en el himno de las libertades cubanas. Como ha ocurrido varias veces en la historia, la música -una sola canción- consigue resumir un amplísimo sentimiento colectivo y derribar -así lo ha dicho un crítico cubano afincado en Estados Unidos- las barreras que separan el arte de la política y la acción social. Después de la polémica sobre el Decreto 349 llegó internet a la isla, lo que permitió la difusión capilar de la reivindicación. Luego vinieron el covid y el hundimiento del turismo, que han traído una caída del 11% del PIB cubano.

En este caso, el orden de los factores resulta primordial. La espoleta de lo ocurrido desde el 11 de julio, ha sido, efectivamente, la penuria y la enfermedad. Ahora bien, la raíz de la rebelión, en contra de lo que ha declarado un Pedro Sánchez que carece del menor sentido de la vergüenza y la dignidad, es la libertad frustrada de los cubanos, en particular de los jóvenes que nada tienen que perder con un régimen que les ha arrebatado la menor posibilidad de una vida decente.

El estallido del 11 de julio viene en un momento particularmente crítico para la democracia en todo el mundo, cuando se han consolidado regímenes dictatoriales y autoritarios como los de Rusia, China e Irán, y están en crisis varias democracias, en particular en América Latina. También lo es porque las democracias liberales occidentales se encuentran debilitadas por debates internos y guerras culturales que llevan a muchos a cuestionar la vigencia de la propia democracia y a rechazar cualquier posibilidad de apoyarla en el exterior. Eso sin contar con la fragilidad del movimiento cubano, sin un auténtico partido detrás, ni una alternativa política para absorber a las posibles elites descontentas del propio régimen.

Por eso era particularmente crucial que el Gobierno español, que tiene una especial responsabilidad con los cubanos en el hemisferio americano y en la Unión Europea, adoptara en los muy primeros momentos una posición inequívoca: de apoyo a los movimientos de oposición y de repudio a la dictadura totalitaria. Como era de esperar, ha ocurrido lo contrario. Si Pedro Sánchez está en el gobierno, es gracias a quienes deben su existencia al populismo comunista promovido desde Cuba y financiado desde Venezuela: un populismo que han querido importar a España y que el socialismo ha asimilado con gusto y complacencia. Como lección de política interior española, la crisis cubana tampoco tiene desperdicio.