La «damnatio memoriae» sanchista
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Esta locución latina literalmente significa «condena de la memoria», y era una práctica establecida en la antigua Roma para borrar todo rastro en el espacio público y reprobar el recuerdo de quien era condenado por el Senado como «enemigo del Estado». Afectó incluso a más de veinte emperadores, y fue copiada a lo largo de la Historia por países y regímenes diversos. El antiguo Egipto la aplicó a varios faraones, destacando Akenaton 10º de la XVIII dinastía. Los gobernantes de Éfeso la emplearon con los que osaban atentar contra el monumental Templo de la diosa Artemisa, y así hasta nuestros días. Stalin la administró durante sus veinte últimos años de vida a sus enemigos políticos, como Trotsky. El Papa Esteban VI la padeció por su sucesor en 897 tras juzgar su cadáver y lanzarlo condenado al Tíber; así como Perón en 1955, tras ser destituido y borrado su nombre considerándolo como «el tirano depuesto». No podía faltar su aplicación al país totalitario «Oceanía» en la novela distópica de Orwell «1984», condenando a sus enemigos a la «evaporación».

Ahora Pedro Sánchez se une a esa arcaica tradición con su Memoria Democrática aplicada a Franco y a su obra política, el franquismo. La comparación con quienes le antecedieron en su aplicación a lo largo de la Historia es suficientemente elocuente de adónde nos lleva el sanchismo. Conducirnos a esos precedentes es lo que está consiguiendo con su disparatada ley de la «damnatio memoriae» a Franco. Progresismo retroactivo con treinta siglos de retraso.