Internacional

Un cuento triste

Harán cuanto puedan para instaurar las sombras. Pobres afganos

Cuenta el compañero J. M. Zuloaga que los zumbados del Daesh redoblan su galope en Kunduz. Por todo Afganistán avanzan las falanges del odio. Hace un mes Joe Biden negó que EE.UU. haya abandonado el país a su suerte. Explicó que los marines acudieron para «responder a los atentados del 11 de septiembre», «hacer justicia a Osama Bin Laden» y evitar que Afganistán sirva del base del terrorismo global. «Por eso fuimos», reiteró, «No para construir una nación. Y es el derecho y la responsabilidad del pueblo afgano decidir su futuro y cómo quiere gobernar su país». En opinión del demócrata dejan atrás un ejército con más de 300.000 soldados bien entrenados y pertrechados, equipamiento y armamento de última generación, financiación y apoyo para mantener su fuerza aérea. A la salida estadounidense le seguirá una pleamar de sangre. La última hazaña del Isis ha consistido en grabar el asesinato de un policía afgano, maniatado y arrodillado mientras su captor le volaba los sesos. Las guerras de propaganda se juegan en las redes, en una combinación pueril de los videojuegos y los libros sagrados. Zuloaga también ha explicado que el Daesh compite por Kunduz con Al Qaeda, descabezada pero viva, y por supuesto con los talibanes, que continúan su avance por el norte mientras algunas mujeres valientes, conscientes del tsunami, hacen acopio de munición y armas. Los yihadistas, profetas con dinamita, pelean entre sí como chacales. Olfatean las riquezas que abandonaron las tropas occidentales. Buscan nuevos cultivos de opio, en una síntesis literal, letal, del viejo Carlos Marx. Cuesta afear al Pentágono y la Casa Blanca la salida del avispero, con los votantes de los dos partidos convencidos de que esta guerra eterna, la más larga en la historia de los Estados Unidos, tenía que acabarse. Al mismo tiempo, cómo no compadecer a todos los que caerán de nuevo bajo la red suicida, con los killers del credo coránico dispuestos a inmolarse e inmolarlos para implantar su sueño en la Tierra. Hablan de la impureza de Occidente, de amorales y herejes. Temen la luz de la razón, el humanismo, la ciencia. Harán cuanto puedan para instaurar las sombras. Pobres afganos.