Keynes, amores y opiniones

Lydia estaba casada. Keynes era un reconocido homosexual. Nada de esto importó. Se conocieron y enamoraron en 1921, se casaron en 1925, y vivieron felices

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El profesor Ramón Tamames llamó mi atención hacia una noticia aparecida hace pocas semanas en la revista «The Economist» sobre una representación a cargo de dos grandes figuras de la escena británica, Helena Bonham Carter y Tobias Menzies, de las cartas de amor entre Lydia Lopokova y John Maynard Keynes. A primera vista, era lo más parecido a un amor imposible. Los amigos de Keynes expresaron hacia la bailarina rusa un olímpico desdén, menospreciando su inteligencia y personalidad. Virginia Woolf dijo: «tiene el alma de una ardilla». Lydia estaba casada. Keynes era un reconocido homosexual. Nada de esto importó. Se conocieron y enamoraron en 1921, se casaron en 1925, y vivieron felices hasta que el economista murió en 1946. Ella le sobrevivió muchos años, hasta 1981.

Las mudanzas en las ideas de Keynes han pasado a la historia, y se atribuye a Winston Churchill, que le conoció bien, la frase: «cada vez que consulto a tres economistas recibo cuatro opiniones diferentes, dos de ellas del señor Keynes». Otra anécdota fue la protagonizada por el propio Keynes, quien, respondiendo a un señor que le reprochaba sus fluctuantes pareceres, dijo: «cuando cambian las circunstancias, yo cambio de opinión; usted ¿qué hace?». Aunque la frase pueda ser apócrifa, refleja el estilo de Keynes, y al tiempo abre la posibilidad de reflexión, porque, al parecer llena de sentido común, puede resultar engañosa, si la identificamos con la ausencia de todo criterio de veracidad. En efecto ¿cómo vamos a saber si estamos más cerca o más lejos de la verdad si modificamos nuestras hipótesis cada vez que lo hagan las circunstancias? Está claro que el camino debe ser otro, y lo señaló Karl Popper: planteamos conjeturas y las sometemos a la prueba de la refutación en una búsqueda sin término de la verdad. Si tanto la lógica como la contrastación empírica sugieren la falta de solidez de nuestras proposiciones, las dejamos de lado y probamos con otras conjeturas que expliquen mejor la realidad. Pero eso no es cambiar de opinión cada vez que cambian las circunstancias. El procedimiento es bastante más severo y preciso.

En todo caso, sean hipótesis contrastadas y refutadas, o sean mudables puntos de vista conforme a las circunstancias, el cambio del Keynes con respecto al sexo y al amor fue sin duda notable.