Zaragoza, 11 de diciembre de 1987
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Notas del 17 de septiembre de 2021 y un poco del 11 de diciembre de 1987. Son las seis de la mañana en Zaragoza. Los miembros del comando Argala de ETA hacen estallar un coche junto a la Casa Cuartel. Apesta a explosivos y llueven escombros del cielo. De entre la nube de humo, llamas y polvo emergen algunos guardias, sordos, desorientados y ensangrentados. El mundo les ha volado por los aires. Pronto comienzan a echar las cuentas de la desgracia y de que parte del edificio ha desaparecido. Conforme avanza la mañana, faltan once personas. Cinco de ellos son niños de entre tres y 14 años. Los terroristas sabían que estaban allí pues de las ventanas junto al lugar donde detonaron el coche habían tendido ropa infantil. Al jefe del comando que da la orden del atentado se le atribuyen en total 39 muertes muertes. Se llama Henry Parot y para este sábado, le habían organizado un homenaje en Mondragón. Lo más ajustado con lo ocurrido sería un acto con 39 coches de muertos, cien huérfanos y dos camiones cisterna, uno de lágrimas y el otro de sangre.

La memoria puede ser justa o deforme y obscena. Dicen las víctimas que cada vez que se aplaude a los verdugos, sienten de nuevo el golpe de la onda expansiva, el sonido del disparo frente al portal, la imagen del padre en las noticias, la arcada, el llanto, el vacío, la culpa y la justificación del asesinato que lame las calles como un eco de la bala, una marea de vergüenza con aurresku, aplauso y bengalas.

España es una máquina del tiempo escacharrada con un corazón enfermo para el que Franco parece que fue ayer y ETA pasó hace mucho, o viceversa. En las calles sobre las que hasta ayer se acostaban los muertos bajo las sábanas, se han celebrado 150 ‘ongietorris’ en cinco años. A esto lo llaman ahora un país en paz.