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Frente al Foro de Puebla: defensa de la Hispanidad

La reiterada agresión a España por parte del presidente de México, conocido por su acrónimo AMLO –no confundir con «anónimo» que de ello no tiene nada D. Andres Manuel Lopez Obrador– exige dar a conocer la verdad histórica de lo que fue la Conquista y posterior epopeya evangelizadora hispana en aquellas tierras americanas. La conmemoración del bicentenario de la independencia de México le está llevando un día y otro también, a estigmatizar aquella gesta llegando a exigir nada menos que una petición pública de perdón por parte del Rey para «reparar el daño efectuado» hace cinco siglos. Nicolás Maduro se ha sumado también a esta difamación haciendo coro en lo que es una falsedad histórica que responde a una estrategia del Foro –antes de Sao Paulo–, ahora trasladado a la ciudad mejicana de Puebla. Ese Foro nació después de la caída del Muro de Berlín en 1989, en tiempos de la Perestroika de Gorbachov y conscientes los líderes que lo promovieron, encabezados por Fidel Castro, de que tras ese derrumbamiento estaba claro que la guerra fría la había ganado netamente Occidente y que había que metamorfosear el comunismo y la lucha de clases bajo otras banderas. Una de ellas es precisamente ahora el «indigenismo», causa de estos ataques actuales. La dialéctica marxista necesita de un enemigo al que eliminar, y de ahí han surgido sucesivos opositores tras el capitalismo opresor que la lucha de clases debía aniquilar a partir de 1917. El relevo lo ha tomado a nivel internacional la ideología de género, con la lucha entre el varón y la mujer, sustituyendo a la lucha de clases. En Iberoamérica el indigenismo ha asumido un rol protagónico con los líderes populistas y marxistas, desde Evo Morales en Bolivia, a Lula da Silva en Brasil, pasando por Correa en Ecuador, Ortega en Nicaragua y por supuesto Chávez en Venezuela, entre otros. La gravedad de la situación se acentúa al tener en el gobierno de España a quienes han sido criados y financiados desde esas mismas coordenadas políticas y por esos mismos gobiernos. Esa ofensiva contra nuestro pasado, precisamente en lo que conforma nuestra identidad histórica que tiene en esa misión evangelizadora uno de sus más sólidos fundamentos, tiene una finalidad claramente anticristiana para despojarnos de unas raíces que sin ellas nos convertiría en un cuerpo sin alma. La Hispanidad que tuvo ilustres defensores y rigurosos estudiosos y apologetas en el pasado, se encuentra huérfana y desasistida de voces que la defiendan ahora. La Real Academia de la Historia tiene un papel del que no puede abdicar en estos momentos, en los que es atacada y falseada impunemente ante el silencio cómplice y vergonzante de quienes deberían liderar esa defensa. «No hay mal que por bien no venga» y afrontado con rigor el reto, la idea de la Hispanidad puede salir revitalizada.